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López Obrador viaja al siglo XVI

Loris Zanatta

¡Perdón! ¡Pidan perdón! Así intimó Andrés Manuel López Obrador a la Iglesia y a España. ¿Había tenido una comida pesada?¿Dormido mal? Quién sabe: después de consultarlo con la almohada, se recordó que medio milenio antes, Reyes y Papas habían conquistado América con la espada e impuesto su fe con la cruz. Aplausos de la galería: ¡bravo! ¡Viva México! Obvio: ¿quién, con la sensibilidad de hoy, defendería la Conquista?

No seré yo quien defienda la cristiandad hispana: estoy convencido de que muchas deficiencias crónicas padecidas por la libertad y el desarrollo en América Latina se remontan a ella. ¡Pero trivializarlo de esta manera! La política es cosa demasiado noble para caer tan bajo. Y aún más la historia.

De los líderes esperamos visión, trascendencia, integridad: ¿cómo es posible que especulen así sobre el pasado remoto, azuzando odios antiguos, sacrificando la función educativa que impone su cargo a una fugaz popularidad? AMLO hace como los viejos cristianos que acusan a los judíos del asesinato de Cristo: ¡condenados a vida! ¿Tiene sentido?

Me interesan dos aspectos de este asunto cómico que de vez en cuando se repite, cada vez más surrealista. El primero es el de los pisos superiores, los planos de la Historia. El segundo es el sótano de la baja cocina política: ¿por qué AMLO ha armado este absurdo escándalo?

Empecemos por la Historia: como historiador profesional, levanto mis manos y me rindo; si la historia es un tribunal que absuelve y condena, se necesita un juez, no un historiador; si la historia es un confesional donde se expían los pecados y se recita la penitencia, se necesita un sacerdote, no un historiador; si la historia no es más que una representación de la eterna lucha entre el bien y el mal, de Dios contra el diablo, si es una película en blanco y negro y no una epopeya llena de colores y contrastes, quememos los libros de historia.

Porque el manual de historia válido para todos y para siempre ya está ahí: es la Biblia. Amén. Juez y sacerdote, AMLO se encarama en el pedestal de la historia, exhibe la superioridad moral de la víctima, exige el perdón de los verdugos; él es el redentor que redime al pueblo elegido de la esclavitud y expulsa a los poderosos del templo.

De este modo, pisa las huellas de los muchos redentores latinos del pasado: Perón, Castro, Chávez y muchos otros siguieron el mismo patrón; es una idea sagrada y providencialista de la historia, ajena a toda dialéctica; el conocimiento histórico no sirve para entender y, si necesario, evitar las reiteraciones: no, su propósito es juzgar, condenar, redimir, porque la historia presupone un plan de Dios del que ellos son vehículos.

¿Quién le explica que esta concepción es un legado típico del cristianismo hispano? ¿La mejor prueba de que él es a su vez un hijo de los reyes y papas a quienes pide pedir perdón? Además: ¿de qué sirve pedir ahora “perdón” por la Conquista del siglo XVI? ¿A quién? ¿Todos los hijos tendrán entonces que pedir perdón por las fechorías de los padres, los abuelos por los pecados de los antepasados, los antepasados ​​por el pecado original de Adán y Eva?

A partir de mañana tendré miedo de viajar por Europa: ¿y si alguien me exigiera que le pida perdón por las incursiones del Imperio Romano? ¿Una indemnización? Por supuesto, se dirá, no son las personas como tales las que tienen que pedir perdón, sino los cargos que representan: el Rey para los Reyes, el Papa para los Papas. De ser así, que comience el presidente de México a pedir perdón por todas las culpas del estado mexicano a lo largo de su historia: cuando termine, después de mucho tiempo, qué habrá obtenido?

En lugar de cultivar el sentimiento de culpa, sería útil que predicara y practicara la ética de la responsabilidad; necesitamos conciencias críticas, no nuevos Savonarola: ya tenemos muchos; los moralizadores de hoy son siempre los moralizados de mañana.

Pero ¿por qué AMLO se ha lanzado a tal controversia, causando una herida innecesaria que pronto tendrá que cerrar? Aquí está el aspecto más sórdido de la cuestión. Han excomulgado a nuestros héroes patrios, tronó contra el Vaticano!  Alude a Benito Juárez, cuya Reforma asestó golpes letales al poder de la Iglesia y al legado hispano en el México del siglo XIX.

Le tocó entonces a Juárez el mismo destino que a muchos liberales y masones de esa época: ser excomulgado porque su patriotismo aspiraba a romper la unión entre el Estado y la Iglesia, la política y la religión típica del antiguo orden cristiano. Por eso, Juárez es un ícono del nacionalismo mexicano. Y dado que, contra él, los clericales apelaron a la intervención extranjera, el nacionalismo mexicano ha sido desde entonces un nacionalismo laicista, al revés de muchos nacionalismos latinoamericanos, más bien confesionales.

Y sin embargo, tan pronto como AMLO llegó a la presidencia, declaró que tenía la intención de gobernar inspirándose en el Papa Francisco; un punto de inflexión histórico, el regreso del hijo prodigo mexicano al seno de la Madre Iglesia. Causó revuelo, provocó discusiones.

Aquí es cómo, después de haber asestado ese duro golpe al nacionalismo laicista, ahora AMLO reequilibra el barco dándole uno a España y a la Iglesia; esconde detrás de tal cortina de humo las nuevas connotaciones que está imprimiendo en el nacionalismo mexicano: connotaciones que tienen poco en común con los ideales liberales de Juárez y mucho con los de los Papas a quienes solicita la abjuración.

Esta es la historia y siempre lo será: manipulable, elástica, flexible. Ya había sucedido con el mismísimo Benito Juárez: tanto lo admiraba un joven herrero italiano, socialista y anticlerical, que dio su nombre al hijo. No imaginó que medio siglo después, al convertirse en jefe del gobierno, firmaría los pactos de Letrán, la Conciliación con la Iglesia: era Benito Mussolini.

Si AMLO tiene, como es evidente que tiene, ideas y programas similares a los de la tradición católica, sería bueno decirlo, explicarlo, argumentarlo, llevar a cabo una batalla por sus ideas. Dejando en paz rey, papas y santos. Por ahora, él es el único que tiene que pedir perdón: a nuestra inteligencia.

publicado en Clarín, 30/3/2019

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