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Los dichos de la vocera presidencial, la insensibilidad y la distancia del poder con la gente

Claudio Avruj

Viktor Frankl, el famoso y prestigioso neurólogo, psiquiatra y filósofo austriaco, sobreviviente del holocausto, fundador de la Logoterapia, nos enseña que “el aspecto más doloroso de los golpes, es el insulto que incluyen”.

Elijo esta afirmación porque como ciudadano siento que no puedo obviar y repudiar lo hecho por la vocera presidencial Gabriela Cerruti, que enseñándole a la funcionaria española Irene Montero, las piedras que recuerdan a las víctimas del Covid que yacen en Plaza de Mayo, no dudó un instante en definirlas como una acción de la derecha.

Ella misma, luego subió un video dándose publicidad como si lo dicho y actuado fuera motivo de orgullo alguno, o un trofeo que le revalide títulos o posiciones en su mundo partidario. Poco después, por vergüenza ante el repudio generalizado y masivo que sumaba un nuevo daño al Presidente de la Nación, lo eliminó.

Más tarde y vencida ante las evidencias del denuesto cometido, llegó el pedido de disculpa que no atenúa el agravio proferido, ni el dolor causado sobre una herida que 130.000 familias aún no han logrado cicatrizar.

Sin dudas, lo hecho por Gabriela Cerruti es una muestra más del daño que produce el fanatismo en las personas.

Elie Wisel, a quien siempre recurro para ayudarme a pensar, dijo que el fanatismo es ciego y hace a las personas ciegas y sordas. El fanático no se plantea preguntas, no conoce la duda, sabe, cree que sabe.

Y los hechos le dan la razón a Wisel.

Hemos vivido la cuarentena más larga del mundo, supimos de vacunatorios vip que dividió a los argentinos en quienes somos de primera y quienes de segunda. Sufrimos la decisión de no tener vacunas a tiempo por cuestiones ideológicas y preferencias.

Conocimos de fiestas del poder que se burlaban de nuestro aislamiento y tristeza.  También de entierros multitudinarios cercanos a ese mismo poder cuando todos los demás no podíamos despedir a nuestros seres queridos y nos apabullaba el dolor y la carencia de abrazos. También hemos sido testigos de violaciones de derechos humanos en Formosa, San Luis, Santiago del Estero, Córdoba, Buenos Aires durante la pandemia que produjeron muerte y sufrimiento. Supimos de abandono.

En su disculpa, la vocera expresa: “Lamento profundamente si algún familiar de Covid se sintió ofendido por mis palabras”. Asombrosa frialdad y negación para aceptar que efectivamente ofendió y agravió. No necesita preguntarse o dudar. Sabe que lo hizo. Hipocresía y soberbia.

Las piedras en la Plaza de Mayo para quien se acerca a ellas, en su silencio que aturde,  recuerdan a todos los fallecidos, sin distinción de ningún tipo. Ella en su indolencia no pudo ver eso que es tan elemental.

Las piedras tienen nombre, dan identidad. Nos recuerdan el tiempo doloroso que hemos vivido como sociedad. Por eso la ofensa es a todos nosotros. A todos los argentinos Debería reconocerlo.

Sabemos bien que la diferencia entre un ciego y un fanático radica en que el ciego sabe que no ve. Solo los fanáticos pueden creer que los muertos del Covid merecen ser pensados ideológicamente.

El silencio del presidente sobre lo dicho por su vocera también lo involucra en el pensamiento expuesto y eso no puede soslayarse.

El pasado domingo fue el Día Internacional de la Bondad, un día en el cual se reafirman las buenas acciones en las personas y en las comunidades del mundo, siendo la bondad un elemento esencial de la condición humana.

Nuevamente, somos testigos de la lejanía y falta de empatía de quienes ejercen el poder para con la gente.

Comprobamos, como si no lo supiéramos ya, la necesidad del mérito para ocupar cargos relevantes en la función pública. Una vez más debemos exigir que quienes gobiernan además de saber sean ante todo buena gente, de buena madera, como decimos en el barrio.

Como sostengo siempre, deberá llegar la hora que el ejercicio del poder se sobreponga a la prepotencia, la arrogancia, las adulaciones oportunistas y los compromisos personales y esté inspirado en el afecto y los valores que aseguren una calidad de vida y forma de relacionarnos que nos dé orgullo cada día, en cada acción.

Lo de Gabriela Cerruti fue en la dirección contraria, fue tan grave como vergonzoso para un gobierno y la sociedad.

Deberíamos indagarnos sobre qué hemos hecho de nuestra forma de vivir como sociedad para llegar a este punto límite de incomprensión, insensibilidad y distancia.

¿Es acaso esta la manera en que queremos vivir realmente los argentinos?

Definitivamente no, y sé que somos muchísimos los que no lo queremos. Es responsabilidad de todos volver a ser respetados y reconocidos. De verdad, todos.

Esta es la gran batalla cultural que nos corresponde dar ya próximos a las elecciones.

publicado en Infobae, 15/11/2022

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