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Los dos grandes activos que Cristina Kirchner le dejó a Mauricio Macri

Silvia Mercado

Cambiemos tomó dos grandes activos que le dejó el kirchnerismo cuando se hizo cargo del Gobierno. Por un lado, un bajo endeudamiento externo que le permitió tomar deuda para financiar el déficit fiscal, mientras lo seguía aumentando, aunque a menor ritmo. Por el otro, un hartazgo con la mentira del relato K, la corrupción descarada y el aislamiento a la que fue sometida una sociedad que cometía delito si quería comprar dólares para comprar insumos para cualquier actividad económica o, simplemente, viajar.

La paciencia actual de la clase media, que pasó largas temporadas sin luz porque la ecuación energética había perdido cualquier anclaje con la realidad y debía convivir con un Estado que promovía la anomia frente al narcotráfico y el crimen organizado, solo se explica en el terror que le produce volver para atrás, tolerar -de nuevo- la sinrazón de un populismo megacorrupto y de vocación autoritaria, capaz de llevar al país a alianzas con lo peor del planeta, solo buscando sobrevivir.

Mauricio Macri debe prenderle todas las mañanas una vela a Cristina. Su herencia (o su hipoteca, como bien dice Mario Negri) dejó muchos problemas, pero también una altísima tolerancia -inédita en la historia argentina- a un Gobierno que va de bandazo en bandazo, “sin cambiar el rumbo” como dice el Presidente, pero hundiéndonos un poco más cada día.

¿Cómo se llegó a semejante fracaso? ¿Cómo pudo ingresar Cambiemos a esta circunstancia límite? ¿Quiénes fueron los responsables de la toma de decisiones después de la salida del default y el cepo cambiario? ¿Por qué Macri no quiso escuchar los llamados de atención de Alfonso Prat Gay, su propio ministro de economía, ni de Carlos Melconian, su amigo y presidente del Banco de la Nación Argentina? ¿Por qué no escuchó a ninguno de los macroeconomistas que lo alertaban sobre la inconsistencia de su modelo? ¿Por qué intentó hacer cosas que las distintas escuelas económicas juzgaban imposibles?

Muchos creen que Macri llegó a la Presidencia desoyendo los consejos de los políticos tradicionales. Eduardo Duhalde le había propuesto ser candidato del peronismo y él se negó. Quiso armar su propio partido y ganar las elecciones. Y efectivamente lo logró, aunque ¿desoyó a los expertos de la política? Esa suposición está basada en que el líder del PRO se negó a realizar un acuerdo con Sergio Massa para asegurar la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, es falso que esa decisión se haya tomado fuera del análisis político o jugando al azar. Fue una conclusión racional, producto de un debate profundo, basado en encuestas y focusgroup. Que después se le haya querido construir un relato épico, acorde con la victoria, es otra cosa.

Empecemos por el principio. Macri ganó la Ciudad con políticos tradicionales. Por nombrar uno, su jefe de gabinete durante ocho años fue Horacio Rodríguez Larreta, un hombre que innegablemente provenía de la política tradicional, que pasó por el desarrollismo, el menemismo y el delaruísmo con suerte dispar, y una gran capacidad organizativa. Por nombrar otro, su ministro de gobierno de los últimos cuatro fue Emilio Monzó, quien durante años se dedicó a armar el PRO en todo el país, instalando aquí y allá jóvenes que diseñaron estrategias de crecimiento en infinidad de distritos alejados de la Ciudad de Buenos Aires para un sello que empezó a tomar volumen político cuando se acercaban las elecciones de 2015.

El talento del PRO, que por cierto lo tuvo, fue realizar un experimento en dosis equilibradas de comunicación del siglo XXI con política tradicional, para dar como resultado una oferta política moderna, acorde con las nuevas demandas de un electorado instalado en una trama tecnológica que interpela al poder desde la cercanía que suponen las redes sociales, lo que exige conversaciones horizontales, personales, segmentadas.

Para decirlo más claramente: la alianza con el radicalismo no la hizo Jaime Durán Barba y, si fuera por él, no se hubiera concretado. Fue Monzó el gran impulsor de esa convivencia no exenta de desafíos, pero que se mostró imprescindible a la hora de construir gobernabilidad.

Lo que todavía no están claras son las razones por las que Macri ganó la Presidencia y decidió encerrarse, en lugar de abrirse. Hasta ahora parece que no fue algo pensado, sino que se dejó llevar por la vorágine del ingreso a la Casa Rosada y una excesiva confianza que lo llevó a desoír su propio armado, para concentrarse en los que no lo cuestionaban. Hacía años que soñaba llegar a ese despacho y se dispuso a realizar lo que siempre imaginó, a saber, un gran plan de obras públicas que no pudo concretar en la Ciudad, porque la Nación no lo habilitaba a endeudarse.

Llegó y puso en un costado lo que había aprendido en materia política y se concentró en los talentos que encaró como hijo de Franco, ingeniero y empresario, dos profesiones que -de todos modos- tampoco ejerció con demasiado éxito. Haciendo un uso indiscriminado del psicoanálisis, es como si al llegar a la Presidencia hubiera tenido una regresión, una vuelta a un nivel anterior de su propia evolución, reforzando sus creencias originales y desaprovechando el aprendizaje logrado para alcanzar la Presidencia.

De otro modo, es difícil comprender por qué se encerró del modo en el que lo hizo, por qué cometió errores garrafales como evitar negociar en serio con Hugo Moyano o con los empresarios del Círculo Rojo cuando aún era posible. Dialogó, sí, mucho; pero de ese modo que nunca deja conforme a su interlocutor. Era obvio que no podía seguir negado con la realidad.

Su sistema de gobierno implosionó un fin de semana hace un mes, cuando se dispuso a cambiarlo. En distintas habitaciones de la Residencia Presidencial de Olivos hubo dos ministros que renunciaron, Rogelio Frigerio, para dar paso a una eventual incorporación de Ernesto Sanz, y Nicolás Dujovne, para que ingrese Carlos Melconian.

Curiosamente, o no, esos dos ministros que estaban afuera del Gobierno son los que hoy están llevando adelante la resolución de la columna vertebral de la gestión. Uno, haciendo política con gobernadores, diputados y senadores, respaldándose en las espadas políticas que tiene Cambiemos, muchas y muy buenas. Otro, encontrando sustancia macroeconómica para recuperar la confianza en Macri y la Argentina, respaldado en un equipo muy elogiado en ámbitos académicos pero prácticamente desconocido por los mercados.

¿Lo van a lograr?

El capital político que dilapidó el Presidente está a la altura del fenomenal respaldo que recibió del exterior. Todo indicaría que no habrá problemas de financiamiento y, en condiciones normales, lo lógico sería que en pocos meses las exportaciones logren el efecto rebote y la sensación de hostilidad que domina la vida de los electores se suavice. Así, Macri competiría por la reelección, quizás ganando, quizás perdiendo, pero sacando al país de esta compleja transición. Pero con Argentina nunca se sabe.

Como dice Ricardo López Murphy, frente al déficit se puede elegir el gradualismo o una terapia de choque, lo único que no se puede hacer es primero el graudalismo y después inmediatamente el shock, en ese orden, porque ahí el Gobierno paga el costo de ambas. Y en esa estamos.

publicado en Infobae, 30/9/2018

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