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Macri y el ocaso de los superamigos

Marcos Novaro

Cuando se supo de la renuncia de Luis Caputo, el equipo de comunicación del gobierno difundió la versión de que no se trataba de un portazo, porque ya estaba acordado que abandonara la presidencia del Banco Central. Y para dejar claro que tampoco había sido una decisión unilateral de Caputo concretar su salida justo el día que se cerraba la negociación con el Fondo, el presidente estaba en Estados Unidos y el país parado por obra de la CGT, se informó también que Macri, Peña y el renunciante habían estado conversando por teléfono en la madrugada “durante dos horas”. Sí, dos horas. En el curso de las cuales parece que Caputo convenció al presidente de que su renuncia en ese momento “iba a generar confianza”.

Seguramente, ninguno de los involucrados creyó en serio que fuera una buena idea pero en el gobierno quisieron así disfrazar la desprolijidad evidente que acompañó este recambio y que parece ser ya un patrón a la hora de manejar despidos y reemplazos.

También, probablemente, pensaron que “humanizaban” al presidente contando lo largo que había conversado por teléfono con su amigo y hasta allí financista preferido antes de dejarlo partir. Pero lo más grave en este caso, es que no deben haber mentido ni siquiera exagerado:

Debe ser cierto nomás que Macri se pasó de madrugada dos horas al teléfono, en un momento absolutamente crítico para su gobierno, viendo qué hacía con el presidente del Central.

Pero en vez de para humanizarlo, la anécdota sirve más bien para aumentar la alarma: ¿con quién además de con su pareja, un hijo o un amigo en problemas usted se pasaría dos horas al teléfono en medio de la noche? ¿En serio el presidente no tenía otra cosa mejor que hacer esas dos horas de madrugada, por ejemplo, dormir un rato? ¿No hubiera sido más lógico que a los cinco minutos le dijera a Caputo “entiendo lo que planteás, lo veo con Peña y Dujovne y te aviso cuál es la postura del Gobierno, vos verás qué hacés”? Como para finiquitar el asunto.

Ya cuando se había visto obligado a sacar a Cabrera de Producción, se dio un mensaje similar: el presidente estaba compungido hasta las lágrimas por tener que desplazar a su “amigo” y se lo quería hacer saber a todo el mundo. Y algo no muy distinto sucedió con Sturzenegger y Quintana, sobrevivientes a cantidad de trastazos porque también contaron hasta el final con “la confianza y las amistad del presidente”, contra toda evidencia.

En cambio los reemplazos de los no tan amigos ni pertenecientes al círculo íntimo le costaron entre nada y casi nada, se decidieron incluso con llamativo apresuramiento, pese a que en términos políticos significaron en algunos casos mucho más costos y riesgos: Prat Gay, Malcorra, Constantini, Melconián y varios más están ahí para testificarlo.

Al mismo tiempo, nos enteramos que las reuniones más importantes del vértice de poder, que congregaban regularmente a Macri, Peña, Vidal y Larreta y donde se trataban las cuestiones más serias que los cuatro tenían que resolver, ya no se están realizando. Y no se sabe muy bien cómo ni cuándo van a retomarse, o reemplazarse. El motivo, según versiones periodísticas, son las crecientes tensiones entre Peña y Vidal. Aunque es probable que ésa sea sólo una faceta menor del problema que aqueja a esta gente.

Lo cierto es que cuando más se necesita de la coordinación y la inteligencia política, menos en condiciones parece estar el Gobierno de proveérselas. Los estados de ánimo, las rencillas y la desconfianza se imponen sobre la exigencia en alza de un manejo lo más profesional y razonado posible de la gestión.

Así, llegamos a este punto en que poco queda en pie del “mejor equipo de los últimos 50 años”. Las razones son varias. No siempre lo que sirve para ganar elecciones es lo que se necesita para gobernar, más bien sucede lo contrario: rara vez esos dos talentos se superponen. Sumemos el hecho de que lo que sirve para gobernar una ciudad rica, en una época de vacas gordas y desatención de las restricciones financieras y fiscales, no necesariamente sirve para gobernar un país en gran medida pobre, con enormes desequilibrios acumulados y con no solo escasos sino declinantes recursos.

Pero a todo eso agreguemos además que una cosa es gobernar pateando los problemas para adelante, cuando es legítimo apostar a que el tiempo haga parte del trabajo sucio para desactivarlos, y otra gobernar cuando el tiempo se evaporó de golpe, la bomba estalló y no queda otra que administrar un ajuste fenomenal.

Macri parece haber tardado bastante en advertir estas diferencias. Pero estar ahora decidido a seguir una línea de acción más profesional. Algo tarde, pero mejor tarde que nunca. Y tal vez con eso, se corrija su tendencia a confiar en muy pocos, sus íntimos. Y en ellos, confiar, a veces, en exceso.

Por cómo se han dado las cosas, además, podría salir bien parado de la situación: ha quedado bien a la vista que hizo todo lo que estaba a su alcance, en verdad mucho más de lo que debió hacer, para ser fiel a sus promesas de campaña de 2015 y 2017 y evitar el ajustazo que finalmente se impuso. Probó, así, que al prometer que había “salida sin costos” del kirchnerismo creía en lo que decía. Así que es muy probable que esos errores, contra lo que desean sus críticos, le sean perdonados, y pueda ser convincente como la mejor opción para evitar que las cosas vayan aún peor.

Pero tal vez lo fundamental de sus problemas de gobierno no tenga que ver con nada de esto, con sus errores de apreciación sobre las posibilidades del gradualismo, los márgenes para endeudarse y demás, sino con el modo en que recluta y evalúa a sus colaboradores, se provee de información y toma decisiones. Si en ese terreno no hay un salto adelante contundente corre el riesgo de repetir la historia. Aun compitiendo contra nadie, va a terminar por pagar las consecuencias.

publicado en www.tn.com.ar, 28/9/2018

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