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Manual de “grietología” argentina

Juan Gabriel Tokatlian

La palabra grieta, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, tiene tres acepciones y una de ellas apela a la “dificultad o desacuerdo que amenaza la solidez o unidad de algo”. En la Argentina se ha ido desarrollando, por años, una suerte de subciencia que llamaría “grietología”. En ella convergen académicos, funcionarios, políticos, comunicadores, empresarios, sindicalistas, varios miembros de la farándula y hasta observadores del exterior, quienes muestran la convicción de que es en la hondura de las divergencias y la pugnacidad de la vida política en donde reside el mayor problema argentino. Algunos elementos caracterizan esa subciencia, que a pesar de germinar bien en el país no es un producto nacional.

Primero, de modo tácito o explícito, los grietólogos tienen una mirada esencialista y normativa sobre la presunta unicidad y homogeneidad que debería caracterizar el quehacer político e institucional de un país. Remiten al valor del consenso, al imperativo de contar con políticas de Estado, a la importancia de evitar debates que se consideran estériles y a la existencia de verdades obvias que, en su criterio, buena parte de los ciudadanos no alcanza a discernir. Tienden a desestimar el conflicto, el disenso, la contingencia y el desorden porque los consideran innecesarios, improductivos y, eventualmente, peligrosos. La Argentina debería moverse, entonces, dentro de los estrechos límites de un ideal sin disputas y un virtuoso orden social; realidad mitificada e inalcanzable.

Segundo, entre algunos grietólogos, aquellos directa e indirectamente vinculados a la contienda política, prevalece una paradoja. Es habitual que hablen de cómo y por qué cerrar la grieta, pero sus argumentos, de manera consciente o involuntaria, sólo logran perpetuarla. Los más perspicaces, y con intereses precisos en el juego político, advierten que ahondar la grieta tiene rendimientos electorales nada despreciables, máxime en coyunturas complejas y turbulentas. Un rápido repaso de notas, pronunciamientos, comentarios y discursos recientes ayuda a comprobar que la grieta es el tema favorito de políticos, periodistas y expertos en el contexto de las elecciones legislativas de este año.

Tercero, subyace a la mayoría de los grietólogos una perspectiva moralizadora de la realidad. En general, y más allá de su ubicación ideológica, se advierte que piensan la sociedad (¿y el mundo por extensión?) dividida entre buenos y malos, correctos y desatinados, puros y corruptos. No desconocen la existencia de una economía política que recorre la cotidianidad de un país, es decir, no ignoran la puja por el poder y la influencia y el hecho inevitable de que haya ganadores y perdedores. Sin embargo, suelen estar persuadidos, convencidos sería la palabra correcta, de que si los supuestos bienhechores y castos triunfaran la grieta dejaría de agrandarse. Por esto, para los grietólogos existen culpables que con sus acciones y omisiones afectan “la solidez o unidad” del país. Así entonces, esos grietólogos se manifiestan y actúan, de hecho y sin advertirlo quizás, como portadores de una moralidad superior.

Finalmente, los grietólogos parecen genuinamente preocupados por la polarización, pero cometen dos errores: siguen creyendo que hay fundamentalmente elementos subjetivos, como personalidades, estilos de gestión o motivaciones individuales, que ahondan la grieta y que la polarización es un problema argentino.

En efecto, sin detenerse a pensar en los factores objetivos que alimentan y consolidan la polarización, como la ampliación de las desigualdades, la injusticia material, las renacidas luchas de clases y la falta de un horizonte digno para grandes segmentos de la población, su lenguaje omite u oculta las raíces concretas de la grieta nacional y refuerza una condición de presunta excepcionalidad argentina. Desconocen además que la polarización es el signo de los tiempos, urbi et orbe: lo que se simboliza con el hecho de que diferentes contiendas electorales recientes, en el Norte y el Sur por igual, están marcadas por las fracturas políticas, el surgimiento de líderes providenciales, el malestar social, el cuestionamiento de la democracia liberal y el resquebrajamiento del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La grietología constituye una subciencia que contribuye al debate político, pero que por su sesgo esencialista, prescriptivo, moralizador, engañoso y simplista no aporta a entender y superar el largo proceso de declinación argentina y sus profundas raíces internas.

publicado en La Nación, 14/6/2017

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