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Meritocracia y amiguismo

Sabrina Ajmechet

Las palabras ocupan un rol central en la política. La lógica discursiva del populismo plantea que no existen los acontecimientos, sino los discursos que se construyen sobre ellos. Aún sin creer completamente en esta premisa, nadie dudará que la disputa política es, en parte, una lucha por el lenguaje.

Como consecuencia de eso, encontramos que algunas palabras están acompañadas de un halo de legitimidad agradando a muchos, otras están cargadas de un sentido peyorativo y, las más, resultan neutras. Por supuesto, estos estadios de las palabras no son estáticos, cambian con el contexto y las circunstancias.

En el último tiempo, el término “meritocracia” pasó a ser parte del debate público en Argentina. Quienes empezaron a hablar de ella son quienes la desprecian, por lo que una apuesta a recuperarla debe comenzar por reconocer que es un término en disputa y con una carga negativa fuerte, una palabra envenenada.

Alberto Fernández e intelectuales oficialistas definen a la meritocracia como un modelo en el que se premia a los privilegiados, en el que se ensalza al éxito como fruto del esfuerzo y se invisibilizan las desigualdades existentes, esas que hacen que no todos tengamos las mismas posibilidades reales de cumplir nuestras metas.

Para darle inteligibilidad a este debate es necesario incluirlo en uno mayor y transparentar que quienes critican al mérito discuten con las bases mismas del mundo moderno. En esta operación, eligen iluminar sobre las desigualdades sociales, económicas y culturales del presente sin tener en cuenta que se trata del tiempo histórico en el que más se ha avanzado y en el que más derechos y libertades se han conseguido.

El siglo XX ha mostrado alternativas, como las experiencias comunistas que, de forma autoritaria, han logrado disminuir las desigualdades al condenar a todos a tener muy poco. En cambio, en los países capitalistas, la desigualdad es un mal existente y, sin dudas, una cuestión que se debe resolver.

Los estados de bienestar en el siglo XX y las apuestas del capitalismo sostenible en la actualidad muestran la importancia de acortar la brecha entre los que más tienen y los que menos, para generar una sociedad sustentable.

Conceptualmente, meritocracia y capitalismo van unidos a un tercer elemento: el mundo burgués. En la historia, esto se ve de forma clara: el final del “Antiguo Régimen” se alcanzó al abolir los privilegios que se transmitían por sangre y títulos nobiliarios.

La novedad radical de la Revolución Francesa, de que todos somos potencialmente iguales se basó en la premisa de que todos debemos tener las mismas oportunidades.

Este postulado no se desentiende de la realidad concreta en la que las diferencias socioeconómicas llevan a que no seamos iguales sino que lo que hace es mostrar que con determinadas herramientas -la educación, el esfuerzo, el trabajo- es posible cambiar la situación en la que nacimos por otra que resulte más ventajosa.

En las épocas de oro del capitalismo esto se mostró efectivo con la consagración de la clase media como el principal actor social. En Argentina se tradujo en prácticas que nos resultan cercanas a muchos: nuestros abuelos inmigrantes que llegaron pobres, se insertaron en la sociedad y pudieron acceder a una vivienda, se esforzaron por mandar a sus hijos a la universidad y convertirlos en profesionales, aunque algunos de ellos nunca llegara a dominar el español como para escribir sin errores.

Los ataques a la meritocracia chocan contra lo que muchos consideramos que hizo grande y bueno a nuestro país: romperse el lomo para asegurar a nuestras familias una vida tranquila.

Las sucesivas crisis económicas y las repetidas veces en las que la política se metió en la vida de las personas para empeorarla terminaron generando una sociedad desigual que ahora propone resolver la situación planteando que el problema no es que haya pobres sino que haya ricos.

Ricos y pobres como dos caras de la moneda, en la que los primeros encarnan lo malo y los segundos lo bueno. Una moneda acuñada con imágenes que no tienen la posibilidad de cambiar.

Si bien es un dato de la realidad que hace años era más fácil salir de la pobreza y alcanzar los niveles de vida de la clase media, la salida de esta crisis que vivimos tiene que partir de lenguajes que reconstruyan esa clase media, para que luego el desarrollo económico acompañe su existencia.

Eliminar al mérito como valor nos expone a una sociedad movida por el amiguismo y la dedocracia, formas en las que nadie podrá salir del ámbito en el que nació y que solo podrán ser jefes de gabinete los nietos de ministros e hijos de diputados.

La desigualdad es el mayor problema del mundo actual y, a lo largo de la historia, la única forma que se ha mostrado con algo de éxito para solucionarla es aquella compuesta por la democracia, el desarrollo, la libertad y el mérito, cuatro elementos que serán imprescindibles para que la Argentina se recupere de la mayor crisis de su historia.

publicado en Clarín, 9/10/2020

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