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Mugabe, la parábola del libertario devenido en dictador

Loris Zanatta

¿Quién es Robert Mugabe? ¿Por qué debería interesarnos su melancólica decadencia después de 37 años de poder absoluto en Zimbabwe? Se entiende que para muchos sea una noticia un poco exótica, que hoy resulta curiosa y ya mañana se la lleva el viento. Los hechos están ahí para confirmarlo: el viejo senil aferrándose al poder, la esposa 40 años más joven que presiona para sucederlo, un vicepresidente envenenado, el ejército que interviene: ¡un folletín de los viejos tiempos! ¿Qué tendrá que ver con nosotros ese país distante y desconocido de África?

La noticia, en realidad, no debería pasar desapercibida, ni desaparecer sin dejar rastro. Mugabe no es un don nadie: encarna una época que tuvo ideales importantes. Fue uno de los grandes líderes de las luchas nacionalistas y anticoloniales en África, luchó contra el dominio británico y la minoría blanca racista en la entonces Rodhesia. En 1980 fue elegido primer presidente de la nueva república independiente y se proclamó marxista leninista; fue uno de los más activos y prestigiosos dirigentes del movimiento de los no alineados. ¿Cómo puede ser que deje un país así, con una inflación fuera de control, la moneda convertida en papel gastado, la deuda en las nubes, el desempleo galopante, los inversores que huyen, la gente hambrienta? ¿Cómo es posible que reinen por doquier la corrupción y el nepotismo? ¿Que su esposa exhiba joyas que valen un millón de dólares, que los contratos de obras públicas vayan a sus nietos, que de los sueños y las esperanzas del pasado no quede nada? ¿Incluso que las multitudes celebren en las plazas el indigno ocaso de quién fue el amado padre de la patria?

Mugabe y su régimen van por los mismos pasos de muchos otros regímenes similares: en África, en Asia e incluso en América Latina. El abismo entre promesas y resultados los une, la brecha entre los paraísos con que soñaron y el infierno que realizaron clama al cielo. ¿Habrá una razón? Su parábola recuerda al chavismo: de las estrellas a los establos. No es ninguna coincidencia que a Mugabe se lo llamara el Fidel Castro africano. Fidel era una especie de padre putativo para él; por su prestigio, por su carisma, porque ambos se habían formado con los jesuitas y estaban unidos por una fuerte afinidad ideal, por un universo moral compartido.

Era el año 1986 cuando Fidel hizo a Mugabe el mayor elogio: él sí que había sido inteligente, dijo a los amigos angolanos; había aceptado el plan británico para obtener la independencia, a pesar de que preveía duras concesiones. Había tenido que prometer no acosar a la minoría blanca, respetar su propiedad, crear un régimen democrático. En ese momento, para ser sinceros, ya se sabía que Mugabe no era ningún santo. Su autoritarismo era ya legendario y la persecución de los ndebele, la etnia minoritaria del país, había costado la vida a 20.000 de ellos: pueblos quemados, fosas comunes, las cosas usuales. Pero Mugabe era socialista, cristiano, tercermundista, lleno de ideales puros y buenas intenciones, odiaba a Occidente y al capitalismo: bien podría perdonársele algunas manchas.

El elogio de Fidel, sin embargo, debía ser leído hasta el final. Llevaba incluido un verdadero programa de gobierno, digno de Lenin: “Después de conquistar la democracia, se conquista el poder, y después de conquistar el poder se maneja la situación, se van graduando los hechos”. Como en Cuba, dijo: “Lo más importante es el poder, porque el poder es lo que asegura después la revolución”. ¿Y qué es el poder? “Es el ejército, la policía, todas las fuerzas armadas, la organización política del país, el control del Estado, la educación, la salud pública y por supuesto la economía”, que “debe estar en manos del gobierno”. Más claro, imposible. La radicalización, concluyó Fidel, puede venir más tarde.

Al igual que muchos otros antes y después de él, Mugabe también recibió feliz ese beso de Judas y obedeció los consejos de ese genial estadista que había convertido a Cuba en un paraíso. O casi. Cuando se convenció de que tenía todo el poder en sus manos, arrancó con la radicalización. Al igual que Fidel, él también quería pasar a la historia como un fundador de religiones, como el redentor que había emancipado a los africanos del dominio del hombre blanco; aunque esto llevara a la ruina, al hambre, a la miseria. Y así fue cómo una vez más el camino del infierno fue pavimentado con buenas intenciones: en el año 2000 comenzó una reforma agraria radical. ¿Cómo no darle la razón? ¡La distribución de la tierra seguía siendo tremendamente desigual! Pero hay formas y formas de hacerlo: la ideología le ganó al pragmatismo; la lealtad política, a las competencias técnicas; el fanatismo, al sentido común. Fue así que los blancos fueron expulsados con violencia de la tierra que hacían producir en abundancia y fue así que tantos dignatarios del régimen acumularon tierras con las que no sabían qué hacer. Un torbellino de deportaciones y evacuaciones sacudió el país. El granero africano se convirtió en un recuerdo y el país comenzó a hundirse en el pozo donde todavía se encuentra hoy.

No importa sacar la moraleja de esta triste historia, igual a tantas otras: los hechos hablan por sí mismos y la coincidencia con el centenario de la revolución bolchevique debería hacerlos aún más elocuentes. Pero podemos estar seguros de que no será así, de que siempre habrá admiradores de Mugabe y que nuevos Mugabes seducirán a nuevos admiradores. Cuando una cosa falla mil veces, pero mil veces se repite, sólo es posible una explicación: entre la realidad y nuestras ilusiones, ¿cuántas veces preferimos las segundas?

publicado en La Nación, 28/11/2017

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