Contribuciones de los socios

Ni imparables, ni el peor escenario

Agustín Salvia

Para el segundo semestre de 2018, el INDEC reportó 32% de personas en situación de pobreza tomando como medida los ingresos monetarios corrientes. Sin embargo, dados los altos niveles de inflación, la profundización de la recesión y el retraso en las actualizaciones de salarios, jubilaciones y programas sociales, durante el cuarto trimestre de ese año, así como durante el primero de 2019, el problema se habría agravado.

Cifras más o cifras menos, una vez más un tercio de la sociedad argentina estaría afectada por condiciones de marginalidad económica. La pobreza extrema -o indigencia- también habría subido, aunque menos que la brecha general de pobreza. Según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, también habría aumentado la pobreza estructural y la desigualdad.

A partir de la Encuesta Permanente de Hogares y aplicando la nueva metodología del INDEC, se advierte que si bien esta problemática estaría por arriba de la herencia recibida en 2015, sería similar a la verificada 10-12 años atrás, cuando el INDEC comenzó a ocultar los datos de la realidad social.

Sin duda, se trata de malas noticias en tiempos electorales, al menos para quienes nos han gobernado durante las últimas décadas. Por lo mismo, estos datos son un llamado de atención en épocas de campaña para quienes quieran nuevamente gobernar nuestro bendito país: no hay mentiras ni falsas promesas que duren diez años, ni sociedades que las resistan sin que el engaño y la mala praxis resulten por lo mismo evidentes. Pero nuestro país es tan generoso que ofrece a todos y a todas segundas oportunidades.

Pero el problema no es cómo lograr una nueva oportunidad, sino qué hacer si se la obtiene. En principio, sería fundamental acertar en el diagnóstico, reunir a los expertos con los que cuenta nuestro sistema científico-tecnológico para el diseño de soluciones, convocar al conjunto de las fuerzas políticas y sociales, elegir efectivamente a los mejores hacedores, no pretender ser el primero o el único en una carrera que no tiene solución posible en un ciclo corto de nuestra historia, pero cuyo horizonte es estratégico para las próximas generaciones.

Dije que estas eran malas noticias en momentos de elecciones, en efecto, pero también hay buenas. En principio, la pobreza podría ser mayor si la economía real no contara con decenas de miles de empresarios que apuestan a crecer, o al menos a sobrevivir, innovado en tiempo de crisis con el fin de hacer progresar su negocio y mantener a sus empleados; o gracias a esos millones de trabajadores en relación de dependencia o autónomos que mantienen su rutina laboral a cambio de magros salarios y pesadas cargas; o debido también a esa economía popular solidaria que multiplica y distribuye panes y consuelos en contexto de escasez y abatimiento. Un país no sólo generoso, también maravilloso.

La ecuación no es simple pero es posible: salir del subdesarrollo significa fomentar la inversión, crecer, generar empleo y reducir la desigualdad de resultados. Invertir en educación es clave, pero no es suficiente. Eso mismo pasa con la salud y el hábitat.

Todo por hacerse y mejorarse, pero si no hay miles de pequeñas unidades económicas naciendo y creando empleos, bajo un sistema tributario y distributivo en donde los que más ganan paguen sus impuestos y los que menos recursos tengan progresen gracias a su trabajo y a servicios públicos de calidad compensatorios, poco podremos avanzar hacia un desarrollo efectivo con integración social.

En cualquier caso, no es momento de mentir ni de crear falsas esperanzas. Es momento de proponer, reunir y proyectar políticas de Estado convocando a la pluralidad, haciendo creíbles las intenciones, compartiendo éxitos y errores. Ya basta de vendedores de humo. Ni éste es el peor de los escenarios ni somos imparables. Los errores han sido acumulativos, y las soluciones, esporádicas o superficiales. Nadie en la actual clase política puede creerse superior o salvador de una sociedad que se empobrece desde hace tres décadas. Un mínimo convenio de responsabilidad exige aprender de los errores y corregir el hacer más que el decir.

publicado en Clarín, 1/8/2019

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