Lecturas sugeridas

No usar la realidad social como escudo

Javier Lindenboim

Más allá de los jaleos –que aún perduran- sobre algunas estadísticas sociales, no parece haber plena coincidencia entre la percepción pública (en buena medida influida por la reciente campaña electoral) y los datos que sostienen, o no, dicha percepción.

El punto es que argumentar en favor de una mejor forma de mostrar la realidad social y laboral es, en ocasiones, tomado como un mecanismo negador de las angustias de la población. Al propio tiempo, no hacer tal esfuerzo puede llevar a conclusiones equívocas sobre las causas que generan aquellas angustias y, por tanto, despertar expectativas cuya satisfacción peligra por tal razón, al desviar la atención por parte de quienes deben tomar los diagnósticos en cuenta para la formulación y aplicación de apropiadas soluciones.

Así como la actividad económica mostró un vaivén con tendencia a la declinación desde 2011, en el empleo ocurrió algo parecido. Repasemos algunos datos.

La tasa de empleo (proporción de ocupados sobre la población) había alcanzado niveles por encima del 43% en varios trimestres de 2011 y 2012. Desde entonces se inicia un declive que evidencia que el empleo crecía en esos años a ritmos menores que el del aumento de la población. Luego de 2015, ese indicador fue recuperándose paulatinamente aunque no llegó a superar aquel mayor nivel. A la inversa de lo ocurrido entre 2013 y 2015, en el período 2016-2019 la ocupación no sólo creció sino que lo hizo por sobre el ritmo poblacional.

Al mirar los datos se observa, sin embargo, que hubo aumento de la tasa de desempleo. Como es sabido, eso puede ocurrir en base a dos situaciones típicas: que haya destrucción de empleo o que la oferta crezca más que la demanda. Esto último es lo que ocurrió y lo muestra la elevación de la tasa de actividad (en simultáneo con la mayor ocupación).

¿Esto significa que no ha habido problemas de empleo? En modo alguno. Significa que el déficit principal es el de la demanda, lo cual significa crecimiento económico, en cuya base está la necesidad de inversión.

Según la Cuenta de Generación de Ingresos de INDEC entre el primer trimestre de 2016 y el tercero de 2019 los puestos de trabajo aumentaron 5%. La composición de esos puestos es, sin embargo, muy negativa pues el mayor dinamismo corrió por cuenta de los No Asalariados y por los Asalariados No Registrados (precarios).

El empleo público aumentó cerca del aumento poblacional pero el empleo asalariado registrado perdió un punto y medio porcentual. Dentro de este componente, las ramas más afectadas fueron la Industria Manufacturera y los Restaurantes y Hoteles con un 11% de retroceso. En resumen, hubo ramas y categorías ocupacionales fuertemente impactadas negativamente pero el empleo, en su conjunto, no disminuyó.

Los ingresos de las personas y de los hogares. Extremar la cautela al abordar un tema tan sensible como lo es el de la disposición o no de los ingresos necesarios por parte de las personas o de los hogares es tan obvio que no se entiende bien las razones por las que en ocasiones se realizan afirmaciones que no necesariamente se sustentan con los datos.

El segundo trimestre de 2018 fue el inicio de un lapso de casi dos años en que la situación de la economía entró en un estancamiento y un declive de donde aún no hemos podido salir. El impacto en el nivel de precios y, por tanto, en el deterioro de los ingresos fijos (sean producto del trabajo asalariado como los de origen previsional) ha sido notable.

Vale recordar que en ese preciso momento, inicios de 2018, el nivel de empleo era globalmente alto y casi se había recuperado lo perdido en la industria. En aquel verano, también, se había llegado a un nivel del salario del sector registrado similar al del fin de 2015. Dicho de otro modo, la primera mitad del ciclo Cambiemos fue totalmente diferente de la segunda parte.

Paralelamente, la percepción del bienestar a través de los ingresos se hace, habitualmente, en base a los datos proporcionados por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Salvando las divergencias derivadas del período de intervención del INDEC y de los reacomodamientos producidos en 2016 es posible aproximarse a la dinámica de los ingresos personales y familiares.

Si medimos la caída porcentual de los ingresos, en el caso de los provenientes de la ocupación principal el agregado de los años 2018 y 2019 duplica la pérdida sufrida en 2014 (14 y 7% respectivamente). En cambio para el ingreso per cápita familiar estos dos últimos años, sumados, arrojan una pérdida de ingresos semejante a la sufrida en 2014.

Pueden hacerse muchas consideraciones como que un shock negativo (como el de 2014) precedido o seguido de un ejercicio beneficioso se soporta de otro modo mientras que una acumulación de dos años de deterioro produce un agobio y un stress de mayor intensidad.

Aun así, permítaseme insistir que si proponemos para la realidad social presente el uso de calificativos extremos y su mensura nos pone en un equivalente a una década atrás ¿era aquélla también una época signada por similares atrocidades? Si alrededor de tres de cada cuatro personas afectadas por condiciones de pobreza por ingresos ya lo eran en 2015, ¿no eran entonces merecedoras de igual preocupación?

Una vez más. No se trata de negar los padecimientos de sectores de la sociedad que requieren indudable atención. Sí se trata de no utilizar esas realidades como escudo para otros propósitos.

publicado en Clarín, 27/2/2020

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