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Para el peronismo siempre es el mismo día

Eduardo Fidanza

Cuando el tiempo se torna circular provoca un efecto característico: cesa el progreso, cancelándose la secuencia de pasado, presente y futuro. El resultado es la intemporalidad, una condena al eterno repetir. La literatura lo ilustra mejor que la ciencia. Cuando en Cien años de soledad, José Arcadio Buendía pregunta “Qué día es hoy”, Aureliano le responde: “Es martes”. Entonces José Arcadio comenta: “Eso mismo pensaba yo. Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes”. Acostumbrado a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. “Es un desastre -dijo-. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.”

Si se sigue la metáfora, el acto de la CGT del martes pasado bien pudo ocurrir el lunes. Para confirmarlo, basta observar su desarrollo. Como el cielo, las paredes y las begonias de José Arcadio, la ambientación, los discursos, la marcha “Los muchachos peronistas”, la invocación al pueblo, los insultos y las divisiones permanecieron inalterables. Un combo repetido compulsivamente desde hace muchos años. Tal vez, el único matiz lo explica la famosa cita de Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte: la historia se repite primero como tragedia y después como farsa. Los que llamaron a la lucha no se la creían. Y los que asaltaron el palco al grito de “Se va a acabar la burocracia sindical” no incitaron, felizmente, a matar gremialistas como en los años 70, apenas compusieron una bufonada triste, destinada a perderse en el océano banal de la viralización.

Más allá de la alegoría, o debido a ella, el acto de la CGT provocó entre muchos jóvenes (y no tan jóvenes) un impacto previsible, bajo la forma de una pregunta aún sin respuesta. La plantea así un adolescente sagaz e interesado en política, que interroga a su abuelo, que era joven en el primer gobierno de Perón: “Estos tipos fueron, ¿hasta cuándo van a seguir con el bombo y la marchita? Están flasheando, son unos fasos”. Con independencia de las adhesiones y rechazos que el peronismo suscita, su intemporalidad permite que hoy tres generaciones compartan, con pequeñas variaciones, similares experiencias e iguales símbolos: los hijos en el presente, los padres en los 70, los abuelos en los 50. Todos los peronismos el peronismo, como el fuego en el cuento de Cortázar.

Detrás de la CGT, en efecto, anida el peronismo. La central sindical está sujeta antes a una lógica política que de clase, según lo mostró con lucidez Juan Carlos Torre. En el origen del movimiento peronista, como ya había ocurrido con el yrigoyenismo, los trabajadores canalizaron su participación a través del partido emergente, que les otorgaba mejoras económicas, pero, por sobre todo, identidad política. Esto los arrebató del comunismo y de la barricada, con la emblemática consigna “del trabajo a casa y de casa al trabajo”. De ese modo abortó la revolución clasista de base, debido a un cambio motorizado “desde arriba por un jefe militar salido de las entrañas del propio Estado”, según Torre.

Esta configuración inicial evolucionó debido a mutaciones sociológicas y políticas, que quizá no fueron advertidas por los dirigentes. Una pista la ofrece Steven Levitsky, cuya tesis es que el peronismo pasó de ser un partido sindical a ser un partido clientelista. Según esta interpretación, el movimiento, inicialmente estructurado en torno a su “columna vertebral”, se convirtió en una maquinaria electoral, solventada con ingentes recursos estatales. Por así decirlo, su democracia no consistió entonces en “un hombre, un voto”, sino en “un empleo público o un subsidio, un voto”. Bajo otras formas, de nuevo la transacción política reemplazó la defensa del interés sindical.

Pero allí no terminaron las transformaciones. En la última década el sindicalismo acató al principio y desafió después a la conducción política, primero condicionándola y luego rebelándose contra ella. Pero mientras adquiría ese creciente poder, que lo llevó a centralizar la negociación salarial, se dividió y anquilosó sus prácticas, provocando una sostenida erosión de las bases. Una cosa es la oficina confortable del funcionario sindical y otra el conflictivo lugar de trabajo. Los delegados de base disputan espacios que al sindicalismo peronista, vertical y aburguesado, le cuesta retener.

Lo que el adolescente, en su jerga, le reclama al peronismo es que se actualice. Que sintonice con la época. Que muestre algo más que rituales envejecidos e internas burlescas. Su aggiornamento acaso sea crucial para el sistema político. Dividido, carente de fondos estatales, con una estética de El Padrino que ahuyenta, divorciado del cambio social y sin líderes, es sin embargo el principal partido de la Argentina. Y la esperanza, aun borrosa y opaca, de franjas considerables de los sectores populares.

Pero, por ahora, el peronismo no tiene quien lo modernice. Quien le provea una identidad contemporánea. Mientras tanto, la Argentina pareciera deslizarse en un incierto vacío, entre las resistidas innovaciones de Pro y la mueca estática de un movimiento para el que siempre es el mismo día.

publicado en La Nación, 11/03/2017

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