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Para los kirchneristas, la Boleta Única perjudica a los votantes pobres menos instruidos

Marcos Novaro

Una gran cantidad de tonterías se han dicho en contra de la Boleta Única en los últimos días. Que sería mucho más caro imprimir 40 millones de esas boletas que los más de mil millones que se imprimen con el actual sistema de papeletas partidarias. Que en muchos países hay quejas contra ese sistema, como si defender el nuestro fuera de avanzada y no reaccionario. Que sería demasiado grande el impreso, si se presentaran muchos partidos, como si eso no se evitara gracias a los filtros impuestos entre las PASO y las elecciones generales. Y que no se podrá incluir el nombre de todos los candidatos y los suplentes, como ahora, como si alguien leyera todos esos nombres para decidir su voto.

Pero hay también entre esos planteos un par de argumentos interesantes, que conviene atender porque son expresión de una discusión que vale la pena sobre el significado y las funciones de nuestro sistema electoral.

Así sería la Boleta Única con la que se votaría en elecciones nacionales, si fuera aprobado el proyecto opositor (Foto: Diputados).

Uno de ellos es que los partidos usan las boletas para fidelizar a sus votantes, para “militar” repartiéndolas entre sus seguidores, y que el rol mismo de los partidos se va a diluir si en vez de tener delante una boleta por cada fuerza, los ciudadanos se encuentran con un menú de opciones entre las que se diluirían las diferencias.

Ante todo, advirtamos que la experiencia internacional no justifica estos temores: en los más de cien países en que se usa la boleta única hay partidos, son ellos los que presentan candidatos, y suelen ser más sólidos, estables y con tanta o más legitimidad que los nuestros.

Lo que sí es cierto es que el acto electoral en sí se volverá más institucional y menos partidista: la oferta la hacen los partidos, pero ahora la harán a través de un instrumento estatalmente organizado. El punto es determinar si eso es bueno o malo. Para gente que se la pasa defendiendo el rol del Estado es raro que en este tema tan crucial prefieran la iniciativa privada: que cada quien se arregle como pueda, imprima sus boletas a su gusto, las distribuya según sus capacidades y controle si puede que estén a disposición de los ciudadanos.

Detrás de esta cuestión hay otro asunto, que también involucra las culturas e identidades partidarias por sobre la uniforme condición electoral de los ciudadanos. Lo que rechazan muchos oficialistas es que no se pueda motivar al elector poniendo en las papeletas el rostro de Perón, Evita, Néstor Kirchner o Cristina Kirchner, aunque se esté votando por cualquier cargo provincial o local.

¿Pero es razonable que los candidatos del oficialismo se sigan escondiendo detrás de esos líderes? ¿No tienen ya, en todo caso, durante las campañas electorales, suficiente ocasión de hacerlo, y no conviene que al momento de votar los ciudadanos sepan quiénes serán en concreto electos, en vez de generarles la equívoca impresión de que están todavía votando a Perón?

Otro argumento es que no ha habido nunca problemas con el sistema actual, así que no hay motivos para dejar de usarlo.

Problemas ha habido siempre, de distinta magnitud: montones de veces se denuncian faltantes de boletas, así como boletas falsas que dan lugar a impugnaciones, y también negociados de sellos de goma que se presentan a la elección solo para recibir el dinero público destinado a la impresión de las papeletas (que lo hagan o no es imposible de fiscalizar).

Además, no hay punto de comparación entre lo difícil que es fiscalizar la elección en lugares remotos y para partidos con pocos recursos con el actual sistema, y lo fácil que sería para ellos hacerlo con la Boleta Única: con muchos menos voluntarios podrían controlar lo que sucede en muchas más mesas, sin tener que lidiar con el faltante o el robo de papeletas.

El oficialismo sostiene también que no se ha podido cuantificar el alcance real de estos robos y en qué medida afectan los resultados. No es tan cierto: hay estudios que concluyen que puede afectar a alrededor del 3% de los concurrentes a las urnas, lo que en una elección reñida es suficiente para convertir una derrota en un triunfo. Pero además, si no se conoce con exactitud la dimensión del problema es precisamente por la opacidad que impone el sistema. Muchos partidos ni siquiera se enteran de que les estuvieron robando las papeletas y, por tanto, tal vez la elección; para enterarse deberían tener fiscales en todos lados, como para impedir que suceda.

Hay otra sospecha entre los funcionarios oficiales, que tal vez tenga cierto fundamento, asociada con el nivel de instrucción de los votantes: afirman que la Boleta Única es más compleja, exige mayor atención de los ciudadanos y, por ese motivo, discrimina contra los votantes de menor nivel de instrucción. Como estos son en mayor proporción favorables al actual oficialismo, se puede suponer que este resultaría perjudicado por el cambio.

Se suele apelar a algunos datos de Córdoba y Santa Fe, provincias que vienen usando la Boleta Única hace tiempo, como prueba a favor de este argumento: que una proporción más alta votó en blanco o no votó cuando se abandonó el sistema tradicional, sobre todo de los sectores bajos y de menor instrucción, porque simplemente no supieron cómo usar el nuevo.

El ejemplo cordobés de la Boleta Única de Sufragios (BUS), con todos los candidatos a cargos provinciales y municipales de la ciudad de Córdoba para las elecciones de mayo del 2019. (Foto: Télam)

Se podría, de todos modos, contrargumentar que también los votantes de mayor edad podrían tener problemas con el cambio del sistema, y estos proporcionalmente apoyan más a las fuerzas de oposición, así que el efecto en todo caso será parejo.

Pero, por sobre todo, lo que cabe decir es que el argumento oficial transmite una escasa confianza en la capacidad de instruir al soberano y una fuerte subestimación de los propios votantes. El cambio, cualquier cambio, siempre genera resistencias y problemas de adaptación, las instituciones públicas tienen que ser capaces de vencerlas, en este caso preparando a los votantes para que les sea lo más fácil posible acomodarse al nuevo sistema.

No es algo tan complicado. Se hizo hace un par de semanas con el censo: millones de personas se “modernizaron” y lo completaron por Internet, los costos para el fisco fueron mucho menores y los resultados van a ser más confiables. Es cierto que sectores más instruidos lo hicieron con más facilidad y en mayor proporción que los menos instruidos, pero lo que debería estar haciendo el Gobierno es prepararse para combatir que esa diferencia afecte el acto electoral, en vez de para obstruir la reforma.

publicado en Todo Noticias, 12/6/2022

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