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PASO: las señales estaban, pero nadie quiso verlas

Oscar Muiño

Wishfulthinking. Podría traducirse como el mundo de las ilusiones, fantasear con que todo ocurrirá conforme nuestros deseos, nuestro interés o simplemente nuestra percepción. Es utilísimo para cargar las pilas, redoblar esfuerzos, confiar en la victoria. Pero cuando percepción y realidad se alejan demasiado, el desastre se hace inevitable.

Resulta asombroso que el oficialismo no haya anticipado su derrota luego de leer encuestas, focusgroup y desentrañar de qué modo había descendido el macrismo en todas las provincias que lo habían votado, la propia desaparición de la marca Cambiemos en dos tercios de los distritos, el adelantamiento de las elecciones de sus gobernadores asociados, el intento de desdoblar de María Eugenia Vidal, el desánimo que trasmitían en privado jefes del PRO y del radicalismo, la decisión del ministro del Interior de partir hacia un organismo internacional, del jefe de bancada del partido gobernante de irse a estudiar al exterior en plena campaña y del presidente de la Cámara de Diputados por expresar de mil modos su desacuerdo profundo con la campaña en ciernes, al punto de hacer pública su decisión de no trabajar en ella.

Y, lo que ya no permite duda alguna, los resultados en una docena de provincias, con un cuarto del electorado nacional. Y la inclusión de distritos “modernos” como Río Negro, Mendoza, Chubut, Entre Ríos, Córdoba. En teoría, todos ellos espacios donde el peronismo debía ser vencido o ganar por poco. O el pase en masa de gobernadores hacia el espacio de los Fernández.

“La sorpresa del siglo”

Radicales, peronistas y macristas comparten ahora haber padecido catástrofes electorales que no imaginaban. Los tres se sintieron invencibles. Y lo pagaron carísimo.

Los líderes de la Unión Democrática estaban convencidos de su victoria aquel febrero de 1946. El candidato presidencial radical José Tamborini anunció después de votar que “la Unión Democrática ha vencido en las elecciones más limpias de la historia”. Como se sabe, Juan Domingo Perón ganó en todo el país. Un líder estudiantil me dijo décadas después: “Yo no conocía a nadie que votara por Juan Perón”.

Media centuria después, los jefes justicialistas estaban convencidos de que su invicto era eterno. Se burlaron de los últimos discursos de su rival Raúl Alfonsín, cuando éste les anticipaba que “se van a llevar la sorpresa del siglo”. Y el 30 de octubre de 1983 Raúl Alfonsín liquidó el mito de la invencibilidad peronista.

En 2019, la derrota del Gobierno que se jactaba de su invencibilidad también podía preverse. Estaban las señales tempranas y los datos contundentes. Prefirieron no verlas. Y, sin detectar la realidad, es imposible torcer lo que viene. La derrota de Mauricio Macri podía anticiparse. Por ejemplo, leyendo El Economista. Hace pocas semanas escribimos: “El macrismo ha recalcado como valor supremo las mediciones de encuestas. No deja de sorprender de qué modo está ignorando las preferencias ciudadanas al momento de decidir candidaturas. En la provincia de Buenos Aires, Vidal mide catorce puntos más que Mauricio Macri. Muchos jefes del PRO se ilusionaron con que su líder se baje y dejara el lugar a la competitiva candidata. Nunca lo pidieron. A fin de cuentas, Macri es el fundador del partido. El temor reverencial hacia el jefe. Y cierta confianza en los nervios de acero que hasta ahora muestra el Presidente. La ocasión del Plan V también parece haber pasado, inalcanzable. ¿Acaso el Gobierno guarda reserva absoluta sobre un plan que de vuelta por completo la percepción popular, los niveles de ingreso y la capacidad de compra, la confianza general y el imaginario de futuro? Sin nada de eso ocurriera, no existen motivos para pensar que Macri pueda recuperarse de sus bajos índices de aprobación”.

El liderazgo de Cambiemos intentó cambiar su candidato por Vidal, convencido de que Macri no podía ganar. Macri no aceptó, nada se modificó. ¿Por qué esperar otro resultado, entonces?

publicado en El Economista, 13/8/2019

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