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Presidentes argentinos que pocos recuerdan

Eduardo Lazzari

A lo largo de los más de doscientos años de vida independiente, la Argentina no ha tenido tantos presidentes como se cree. Dos fueron presidentes por imperio de una ley dictada por el Congreso General Constituyente de 1824.

Dos fueron presidentes de la Confederación Argentina por la Constitución Nacional de 1853, pero no gobernaron sobre la secesionada Buenos Aires. Y, después de la reforma de 1860 hasta hoy, lo han sido veintinueve hombres y dos mujeres.

Fuera de esta cuenta quedan los mandatarios surgidos de golpes de estado, que fueron trece dictadores. La suma total de primeros magistrados es de cuarenta y ocho personas. Muchos se han destacado en sus presidencias y el recuerdo transita por lo institucional (su nombre está en calles, parques, escuelas, monumentos, como en el caso de Sarmiento o Rivadavia), por lo afectivo o por asociación a momentos de la historia nacional, como Perón o Yrigoyen.

El sistema constitucional pone a los presidentes en la cumbre de los períodos históricos que han encabezado. Por eso vale aclarar que los presidentes de las cámaras del Congreso Nacional que han estado administrativamente a cargo del Poder Ejecutivo Nacional hasta la elección popular o legislativa de un presidente efectivo, no deben ser considerados tales, como los casos de Lastiri, Puerta o Camaño.

Pero también existe una corta lista de personajes que han pasado al olvido o a un tenue recuerdo en su función presidencial. El rescate de las figuras de Vicente López y Planes, de Santiago Derqui o de José María Guido será el propósito de estos párrafos.

VICENTE LÓPEZ Y PLANES: EL GRAN POLÍTICO DE LA PLUMA PATRIÓTICA

El autor de la Canción Patriótica, el actual Himno Nacional Argentino, nació en Buenos Aires el 3 de mayo de 1785. Se recibe de abogado en la universidad de Chuquisaca. Su hijo Vicente Fidel es el primer compilador de la historia argentina, desde la perspectiva liberal, y su nieto Lucio Vicente será el escritor de “La Gran Aldea”. Los tres comparten la tumba en el Cementerio de la Recoleta. Los tiempos revolucionarios lo muestran a Vicente López comprometido con los sectores más duros de la Junta de Mayo de 1810, lo que le brinda un lugar significativo en las luchas políticas de entonces. La Asamblea General Constituyente del Año 13 lo contó entre sus diputados elegidos por Buenos Aires. Entre los propósitos fracasados de ese congreso se cuentan la declaración de la independencia, que deberá esperar hasta el 9 de julio de 1816, y la constitución del Estado, que tardó cuarenta años en llegar, el 1° de mayo de 1853. Pero tuvo grandes logros, como la libertad de los hijos de esclavos, por el sólo hecho de nacer en el territorio de las Provincias Unidas, la supresión de los títulos de nobleza, la prohibición de la tortura, la mita y la encomienda, y el establecimiento de dos de los cuatro símbolos nacionales: el Himno Nacional Argentino y el Escudo Nacional. 1813 es un año crítico de la guerra de la independencia sudamericana. Tomada la decisión de continuar resistiendo el embate del imperio español para reconquistar sus colonias, los diputados reunidos en la vieja sede del Real Consulado de Buenos Aires ordenan la redacción de una canción patriótica para el estímulo de las tropas y el adoctrinamiento de los pueblos. Es elegido un poema escrito por Fray Cayetano Rodríguez, que es posteriormente desechado por su tono romántico. Entonces aparece la canción escrita por López y compuesta por Blas Parera que desde 1813 identifica a nuestro país. Vale destacar que es el himno nacional más antiguo de América.

La reunión del Congreso de 1824 en Buenos Aires lo encuentra nuevamente como diputado y en tal carácter vota la ley de presidencia que consagra por primera vez a un ciudadano como presidente: es elegido Bernardino Rivadavia en el contexto de la guerra contra el imperio del Brasil, en medio de un brutal enfrentamiento entre las dos tendencias presentes en el Congreso, que es antecedente de la lucha entre federales y unitarios.

Es curioso que el fundador del partido federal, Manuel Dorrego, resultó elegido como diputado por la provincia de Santiago del Estero, ya que había quedado afuera por la derrota electoral en Buenos Aires.

La noticia del ruinoso pacto de paz firmado por el canciller Manuel José García con el Brasil, que definía la incorporación de la Banda Oriental al Imperio a pesar de las victorias militares y navales de las tropas republicanas, provocó la renuncia de Rivadavia, que fue aceptada rápidamente por el Congreso, que procedió a nombrar a Vicente López y Planes en su reemplazo, el 7 de julio de 1827. A López le cupo la responsabilidad de rechazar el acuerdo de paz, restituir la existencia a la provincia de Buenos Aires (suprimida por Rivadavia) y aniquilar la presidencia, luego de dos meses de gobierno. Ocupó cargos en la justicia de los tiempos de Rosas, y por su condición de federal con cierto grado de independencia, Vicente López se convierte en el gobernador de Buenos Aires que sucedió a Juan Manuel de Rosas, luego de la batalla de Caseros.

En tal carácter suscribe el 31 de mayo de 1852 el Acuerdo de San Nicolás, pacto fundamental que permite la reunión del Congreso General Constituyente de Santa Fe que dará a luz la Constitución Nacional de 1853.

Serán diputados a esa asamblea los santiagueños José Benjamín Gorostiaga y Benjamín Lavaysse. La resistencia de los porteños a sentarse a la mesa en igualdad de condiciones a las demás provincias provocará la renuncia de López, que morirá al poco tiempo en su ciudad natal, el 10 de octubre de 1856.

SANTIAGO DERQUI: EL FRACASO DE LA CONFEDERACIÓN

El primero de los presidentes cordobeses es Santiago Rafael Luis Manuel José María Derqui Rodríguez, nacido en la Docta el 21 de junio de 1809. Fue alumno del Colegio de Montserrat y se graduó como abogado en la Universidad de Córdoba, donde sería más adelante profesor de derecho, de filosofía y llegaría a ser vicerrector.

Simpatizante de la causa unitaria, fue amigo del general José María Paz, alcanzando la presidencia de la Legislatura. Al participar de la expulsión del obispo de Córdoba, el santiagueño José Benito Lascano, fue excomulgado, hecho al que no le dio ninguna importancia.

Se opuso tenazmente al gobierno porteño de Juan Manuel de Rosas, por lo que estuvo exiliado durante bastante tiempo. Luego de la batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852, Derqui se convirtió en un aliado fundamental de Urquiza para la organización nacional. Fue diputado y vicepresidente del Congreso General Constituyente de Santa Fe por la provincia de Córdoba, y por esas paradojas de la historia, uno de los tantos unitarios firmantes de la Constitución federal de 1853. Fue el primero de los ministros de Justicia e Instrucción Pública de la historia, aunque prontamente se convirtió en ministro del Interior, acompañando toda la gestión de Justo José de Urquiza. Su tarea fue mantener unidas a las provincias de la Confederación en los tiempos de la separación de Buenos Aires que se constituyó en Estado, a pesar de lo cual no logró ser reconocida como una nación independiente.

Tuvo un gran enfrentamiento con el vicepresidente Salvador María del Carril por la candidatura a presidente en 1859. Laudó Juan Bautista Alberdi, inspirador de la Constitución, quien sostuvo que no formaba parte del pensamiento de los constituyentes la posibilidad de una dictadura de dos cabezas, con la alternancia del presidente y su vice, por lo que impugnó la candidatura de Del Carril. Ese debate allanó el camino de Derqui hacia la presidencia, que asumió el 5 de marzo de 1860.

La batalla de Cepeda del 23 de octubre de 1859 provocó la firma del Pacto de San José de Flores, que consolidó la unión nacional. Pero ya en tiempos del presidente Derqui, el rechazo a los diplomas de los diputados porteños por parte del Congreso reunido en Paraná, desencadenó una nueva etapa de la guerra civil, que culminó en la batalla de Pavón el 17 de setiembre de 1861.

La presidencia de Derqui estuvo marcada por la imposibilidad de sostener económicamente el gobierno de la Confederación, ya que el monopolio del puerto de Buenos Aires impedía la obtención de recursos fiscales.

Sumado a esto el duro golpe del triunfo de Mitre y la poca voluntad de las provincias de resistir al predominio porteño, provocó la disolución del gobierno de Paraná y el traslado de las instituciones nacionales a Buenos Aires.

Derqui se retiró hacia Corrientes, donde volvió al ejercicio de su posición, aunque se impuso una leyenda respecto de la miseria del antiguo presidente. No es cierto que murió sin recursos sino que su perfil dejó de lado la política. Murió el 5 de setiembre de 1867 y su tumba humilde se encuentra en la Iglesia de la Santa Cruz, de la capital correntina. Una curiosidad es que los cuatro presidentes anteriores a la definitiva unión nacional bajo el amparo de la Constitución del 53, es decir Rivadavia, López, Urquiza y Derqui, habían nacido antes del 25 de mayo de 1810. Los siguientes a partir de Mitre lo hicieron posteriormente a esta fecha

JOSE MARÍA GUIDO: EL PRIMER PRESIDENTE VENIDO DESDE LA PATAGONIA

La convulsionada historia argentina entre 1930 y 1983 tiene un caso curioso de presidencia inesperada: la de José María Guido, quien reemplazó a Arturo Frondizi el 29 de marzo de 1962, luego del golpe de estado que derrocó al presidente desarrollista. Guido había nacido en Buenos Aires el 29 de agosto de 1910.

Se radicó en Viedma, donde militó en la Unión Cívica Radical, adhiriendo a los postulados de Frondizi durante la segunda mitad de la década de 1950. Fue candidato a senador por la UCRI.

Llega al Senado de la Nación el 1° de mayo de 1958 como representante de su provincia adoptiva, Río Negro, que por primera vez enviaba representantes al Congreso Nacional luego de haberse organizado como provincia. A Guido le toca presenciar la crisis provocada por la renuncia del vicepresidente Alejandro Gómez por su desacuerdo con las políticas que el presidente Frondizi estaba llevando a cabo en el terreno económico. Guido fue entonces elegido presidente provisional del Senado. En 1962, el triunfo de los candidatos de la Unión Popular, nombre que adoptaron para su partido los seguidores de Juan Perón en varias provincias argentinas, llevó a una crisis política que, a pesar de la anulación del resultado electoral por parte de Frondizi, provocó su derrocamiento y prisión. Estaba todo listo para la asunción del general Poggi como presidente de facto.

Pero una gran astucia de Julio Oyhanarte, juez de la Corte Suprema de Justicia cambiaría la historia. Guido, como presidente provisional del Senado, fue llamado al Palacio de Tribunales, y la Corte le tomó juramento. Fue la única vez en la historia que el presidente juró en ese lugar.

Le entregaron un acta que certificaba que Guido era el presidente argentino. Como pudo llegó a la Casa Rosada, se plantó ante los granaderos que le impedían el paso y dijo: “Soy el presidente, déjenme pasar”.

Y así fue… Llegó hasta el despacho presidencial, donde los jefes militares estaban organizando el gobierno surgido del golpe con cierta demora, que les fue fatal. José María Guido tuvo la presencia de ánimo y aplicando la fuerza de su investidura, desalojó el despacho y se hizo presidente de verdad.

La sorpresa de los complotados duró mucho más que el gobierno de Guido. Trató de gobernar con el Congreso, que se negó a sesionar en respaldo al presidente derrocado. Enfrentó la crisis provocada por los azules y los colorados, las dos facciones que se disputaban el poder en el Ejército y que llegaron a combatir en cuarteles y en calles porteñas. Convocó a elecciones nacionales y le entregó, el 12 de octubre de 1963, los atributos presidenciales a Arturo Umberto Illia. Una graciosa anécdota es la tapa de una revista de actualidad política.

Guido era bastante corto de estatura. En el desfile militar de la fecha patria de 1963 intenta subir a un vehículo militar para presidir la ceremonia.

Un general oficia de apoyo con su espalda empujando al presidente. Un reportero gráfico inmortaliza el momento y la revista titula: “No cabe duda. A Guido lo apoyan los militares”. Una imagen que valió más que mil palabras.

Se retiró de la política y falleció en Buenos Aires el 13 de junio de 1975. Estas líneas intentan rescatar la historia de hombres a los que la memoria ha relegado, a pesar de sus acciones, que influyeron en la construcción de la Argentina.

publicado en El Liberal, 7/1/2018

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