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Ragusa y el nacionalismo croata

Luis Alberto Romero

En los libros de historia se habla mucho de Ragusa, una ciudad ubicada en la costa dálmata del mar Adriático, enfrente de la italiana Bari. Ragusa fue un gran centro mercantil.

Poderosas murallas defendían el puerto y protegían la ciudad. Sus buques, que competían con los venecianos, pulularon en el Adriático, recorrieron todo el Mediterráneo y llegaron hasta el Mar Negro.

Llevaban a Occidente estaño y otros minerales y traían el trigo indispensable para mantener a su población, que almacenaban en un inmenso granero excavado en la montaña.

En el siglo XIV se instituyó una república oligárquica, similar a la veneciana, que perduró hasta la invasión napoleónica.

Para conservar su autonomía, pagaron tributo a los turcos y a los distintos reyes eslavos de la vecindad.

Las familias nobles ragusanas tenían orígenes mezclados, italiano, ilirio, eslavo; pero las diferencias étnicas no pesaban entonces.

La unidad provenía de la religión: eran católicos militantes, en la frontera con los ortodoxos griegos y los turcos musulmanes.

Sobre todo, los unía una cultura compartida, de fuerte impronta italiana.

Ragusa replicó el renacimiento de Venecia o Roma. El italiano era la lengua franca del comercio y la de la élite, que se forjaba una genealogía italiana, vivía en villas similares a las florentinas y enviaba a sus hijos a estudiar a Bolonia.

De Italia venían artesanos, curas, maestros y notarios. Los judíos sefaradíes, expulsados de España, engrosaron el grupo de artesanos y comerciantes.

La mano de obra provenía del entorno eslavo, que hablaba en sus lenguas y se hizo denso en un barrio ubicado fuera de los muros, denominado Dubrovnik.

Pocos saben hoy que Ragusa sigue existiendo, tal como estaba en el siglo XVIII, con sus murallas y sus imponentes bastiones, sus iglesias y conventos, la Catedral y el Palacio del Rector, su calle principal, el Stratum, y sus callejuelas que suben hasta las cercanas colinas.

Mucho se destruyó por el bombardeo serbio de 1995, pero fue reconstruida rápidamente, gracias a cuantiosos fondos volcados por los organismos internacionales, que la convirtieron en una notable ciudad-museo.

Fuera de las murallas, sobre las colinas, las espléndidas villas que miran al Adriático se convirtieron en hoteles de lujo, pues el lugar fue desde principios del siglo XX un sitio de veraneo muy apreciado, frecuentado en sus tiempos por la jerarquía soviética. Hoy llegan decenas de miles de turistas alemanes e italianos, y todo tiene un nuevo esplendor.

Pero ya no se llama Ragusa sino Dubrovnik, y ha sido borrada toda huella escrita de su pasado italiano. Nadie quiere acordarse de que la espléndida Dubrovnik alguna vez fue Ragusa.

Aunque están sus monumentos, no hay carteles que recuerden su pasado, ni guías turísticos que cuenten su historia, salvo para hacer referencia a la remota llegada de los eslavos croatas.

En lugar de contar historias, los guías muestran los lugares donde se filmaron escenas de Games of Thrones. La ficción ocupa el lugar de una memoria vaciada.

¿Desde cuándo ocurre esto? No hay mucho escrito sobre una historia que no se quiere historiar. Como en otras partes, aquí el nacionalismo croata fue creciendo durante el siglo XIX, cuando esa parte de la península balcánica integraba el Imperio Austro Húngaro. En 1918, en el Tratado de Versalles, se constituyó el reino de Yugoslavia, juntando regiones muy diversas, como Croacia -donde se subsumió Ragusa-, Serbia y Bosnia.

Fue un verdadero polvorín. Las divisiones religiosas -había católicos, ortodoxos griegos y musulmanes- se potenciaron con una dimensión racial y étnica, por entonces construida o “inventada” por los emergentes nacionalismos.

En Croacia, la religión y la raza fueron la base de la Ustasha, una organización terrorista surgida en 1920, nacionalista y católica, entusiasta de la limpieza étnica y finalmente aliada de los nazis.

En la región dálmata, en cambio, las élites prefirieron estrechar vínculos con la Italia fascista. En 1945, el mariscal Tito -que era croata- realizó una matanza de italianos y limpió toda huella de pasadas afinidades.

En esa negación del pasado italiano, Ragusa dejó de existir. Para el estado croata, independiente desde 1991, siempre había sido Dubrovnik, fundada por los reyes eslavos en el siglo VI.

No es el único caso. La redistribución de territorios, después de los horrores de la Segunda Guerra, ha estado acompañada de estas mudanzas en las denominaciones.

Un caso muy notable es Könisberg, surgida en el siglo XIII como enclave de la Orden Teutónica en territorio eslavo y activo puerto del Hansa Germánica.

Luego fue la capital de Prusia, y el lugar donde pasó toda su vida Immanuel Kant, enterrado en su catedral gótica. Las bombas arrojadas por los aviones ingleses en 1945 destruyeron buena parte de la ciudad vieja; los rusos arrasaron con el resto -solo quedó en pie la catedral, donde está enterrado Kant-, la rebautizaron Kaliningrado y la reconstruyeron en el mejor estilo arquitectónico soviético.

A diferencia de Ragusa, no queda nada material para recordar la vieja ciudad alemana -salvo la tumba de Kant-, pero nadie olvida su historia.

A su modo, los soviéticos fueron muy nacionalistas, y los rusos siguen siéndolo en el país de Putin. Pero el nacionalismo croata es joven y lleno de bríos, como sus futbolistas.

Son independientes desde 1991 y luego libraron una guerra terrible contra sus vecinos, compitiendo con ellos en barbarie y en limpiezas étnicas.

Están construyendo su identidad, combinando la vuelta a la ropa tradicional, la enseñanza de los cantos y bailes folclóricos, la emancipación de su lengua y la construcción de una narrativa histórica cerrada y militante.

Sin Ragusa, pero con los Ustasha, para quienes llegó la hora de la rehabilitación.

Sin duda, Croacia necesita algo de eso. Pese a la globalización, es difícil imaginar un Estado sin una mínima cohesión nacional.

Pero tiene sus costos, como perder una tradición tan rica como digna de un país civilizado, y remplazarla por una historia nacional cuya invención es muy reciente.

La ausente Ragusa nos recuerda que estos nacionalismos rampantes, responsables de las peores guerras de hoy, tienen además costos culturales.

publicado en Los Andes, 5/8/2018

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