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Reactivación sostenible: construir la nueva normalidad tras la pandemia

Luis Lehmann

Existe consenso respecto de que la forma de reactivar la economía tras la pandemia será mediante modelos sostenibles que generen beneficio a partir de innovar con nuevos paradigmas como la economía circular.

Una encuesta de Ipsos, publicada recientemente, muestra que el 71% de los adultos de todo el mundo está de acuerdo en que el cambio climático es una crisis tan grave como el coronavirus.

El estudio, realizado a ciudadanos de 14 países muestra al mismo tiempo que el 65% de éstos demandan acciones de recuperación económica después del Covid-19 priorizando medidas que tomen en cuenta la dimensión ambiental.

En sintonía con esos resultados, se conoció en los últimas semanas el acuerdo entre dos de los principales líderes mundiales, la Canciller alemana Angela Merkel y el Primer Ministro francés Emmanuel Macron para promover la puesta en marcha de un fondo (NextGeneration EU) de recuperación de la economía europea de 750.000 millones de Euros (unos 850.000 millones de dólares).

Si bien la iniciativa común se sustenta en cuatro pilares, el hombre encargado del “Gran Acuerdo Verde” europeo, el Vicepresidente de la Comisión Europea Frans Timmermans, dijo días atrás que el plan anticrisis “se asegurará de que la recuperación económica se base en transiciones digitales y ecológicas».

Timmermans se preguntó de forma retórica: “¿Reconstruimos lo que teníamos antes o aprovechamos la oportunidad para reestructurar?”. Y se contestó así: “Lo que hacemos es poner los recursos para apoyar una transición ecológica que beneficie a todos los europeos”.

En esa misma dirección, días atrás un conjunto de organizaciones latinoamericanas lanzó la iniciativa “Por una América Latina sostenible, una reactivación sostenible”, que puede encontrarse en www.reactivacionsostenible.org .

El mundo nos muestra que no hay contradicción entre economía y ambiente. Es economía más ambiente.

La Economía Circular como modelo de desarrollo económico sostenible

La economía circular presenta un nuevo paradigma en la gestión de los recursos, impulsando el cambio del actual modelo agotado de economía “lineal” de producción, consumo y descarte, hacia una economía “circular”, donde los residuos de una actividad se transforman en insumos para otra.

El modelo lineal se basó en disponer de grandes cantidades de energía y otros recursos baratos y de fácil acceso, modelo que por el agotamiento de esos recursos y su impacto en el ambiente ha llegado ya al límite de su capacidad física.

Como contraposición, el modelo circular se deriva de imitar lo que sucede en la naturaleza, en la cual los desechos de unos procesos sirven de materia prima para otros. Por ejemplo, vemos una planta, que es comida por un herbívoro, que a su vez puede ser alimento de un carnívoro, que a su vez produce desechos, que son insumo para que vuelva a salir otra planta. De esta manera, se produce un ciclo virtuoso de “la cuna a la cuna”. Decimos entonces que los recursos se “regeneran” dentro del ciclo “biológico” a través de distintos procesos que permiten transformar los materiales descartados, ya sea con intervención humana o sin que esta sea necesaria.

De igual manera, la economía circular intenta reproducir ese ciclo biológico en lo que se denomina “ciclo técnico o productivo”, donde los recursos se recuperan y restauran. Aquí, con la suficiente energía disponible (la cual deseablemente provenga de fuentes renovables), la intervención del hombre recupera los distintos recursos y recrea el orden dentro de la escala temporal que se plantee.

Facilitar este proceso implica entre otras, “repensar” aquellos productos de consumo que actualmente se ponen en el mercado. Esto abarca desde la misma concepción, introduciendo conceptos de ecodiseño con el objeto de que tanto por la cantidad, calidad, forma y peso de los materiales que lo compongan, como para sus embalajes, puedan ser reinsertados en el circuito productivo.

Al mismo tiempo, se debe tener en cuenta la forma en que las materias primas son extraídas para la elaboración de esos materiales, la distancia hacia los centros de fabricación y consumo, la eficiencia en el envasado y el consumo de recursos como agua y energía.

Por el lado del consumo, se promueve un consumidor responsable que compre aquellos productos más amigables con el ambiente, más duraderos y evitar la cultura del derroche y el descarte.

En ese sentido, es importante fomentar el reúso de bienes que puedan ser utilizados por otros cuando un usuario considere que no lo necesita más, promoviendo el “compartir” aquellos más caros y de consumo menos frecuentes (por ejemplo, hay ya varias experiencias mundiales de “carsharing” para utilizar vehículos sin ser “dueños” del bien, pagando sólo por lo que se usa). Se puede encontrar otra muestra más cotidiana en el uso del lavarropas. Probablemente, en un edificio cada departamento tenga su propio lavarropas y lo utilice un par de veces por semana, cuando tal vez sólo un par de lavarropas más grandes podrían abastecer a todos. Ejemplos como este introducen también la visión respecto de la “propiedad” de los bienes: las nuevas generaciones nos muestran que ya no valoran tanto ser “dueños” de cosas, sino que privilegian el “uso” y la “vivencia” de experiencias.

Por último, y para cerrar el círculo, una vez que los productos finalizan su vida útil, todos aquellos que no se puedan volver a utilizar y se transformen en residuos, deben ser correctamente separados en origen por los ciudadanos y empresas, para luego ser reintroducidos en el ciclo productivo.

Este novedoso paradigma de la economía circular implica un cambio cultural que intenta repensar los procesos productivos y de servicios, con el objeto de seguir generando cadenas de valor, reduciendo costos, incorporando desechos dentro de nuevos procesos y evitando la contaminación.

La aceleración de los cambios que vivimos nos llevará indefectiblemente a la aplicación de soluciones que impliquen un desarrollo económico competitivo y eficiente que genere beneficios, que apueste a la innovación, a la vez que evite el cambio climático y promueva la generación de nuevos empleos.

Finanzas Sostenibles

Por el lado del financiamiento, una solución al problema de la deuda abriría la puerta al acceso de nuestro país al renovado mercado de “bonos verdes”. En 2019 se emitieron mediante este mecanismo a nivel mundial más de 250.000 millones de dólares. Sin ir muy lejos, en junio del año pasado Chile emitió el primer bono verde soberano del continente y marcó un punto de inflexión para Latinoamérica, colocando 2.400 millones a las tasa de interés más bajas que Chile haya pagado (y teniendo ofertas por casi 13 veces más!!!).

En dirección a su aplicación, es necesaria la identificación y elaboración de proyectos para el desarrollo de negocios sostenibles que impliquen la mitigación de riesgos ambientales y sociales, reduzcan las emisiones de carbono o apoyen la adaptación a un clima cada vez más cambiante. Habrá que ser creativo también y orientar aquí parte del esfuerzo a la necesaria reconversión del sector pyme (el mayor generador de empleo) para su adaptación hacia una economía circular.

No es una utopía en Argentina: en los últimos años, entre actores públicos y privados, se han colocado más de 600 millones de dólares (incluidas las provincias de Jujuy y La Rioja). Fue tema relevante durante la Presidencia Argentina del G-20 y en 2019 la Comisión Nacional de Valores (CNV) publicó un marco para la emisión de Bonos Sociales, Verdes y Sostenibles, en tanto que 19 entidades bancarias que agrupan más del 80% de la participación de mercado firmaron un Protocolo de Finanzas Sostenibles.

Una oportunidad para Argentina

En el actual contexto de emergencia sanitaria, que profundiza las preexistentes crisis económica y ambiental, estos temas tienen hoy más relevancia que nunca. Si creemos que el Estado debe ejercer un rol proactivo en la recuperación pospandemia, impulsar una transición hacia modelos de desarrollo económico sostenible ya no es opción: es inevitable.

publicado en Ambito, 18/7/2020

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