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Soledad Acuña se quedó corta

Jaime Correas

Cada vez que el kirchnerismo se sale de sí y lanza su ejército mediático y de referentes para demoler a alguien, hay alguna verdad que les duele e incomoda. Es infalible. Esa minoría intensa que se pone manos a la obra en estas situaciones recurre a ciertas simplificaciones y a recortes de la realidad para falsificar conclusiones. Así, un comentario sobre la dirigencia sindical o sobre algún grupo de docentes se lo generaliza para conseguir que el total de la corporación se sienta atacada y, sin mayor información ni precisiones, reaccione y tome partido.

En el caso de la ministra de Educación de CABA, Soledad Acuña, es obvio que sus dichos no hablan de «los docentes» sino de un grupo de ellos. Nada que se pueda decir de deformaciones dentro de un oficio o profesión, sea médico, barrendero, heladero o enfermero, los abarca a todos. Cuando se busca la solidaridad corporativa es porque se quiere esconder a los que funcionan mal en medio de los que lo hacen bien. Los sindicatos son especialistas en esto. De eso viven. Salteo el tema de la militancia partidaria en las aulas porque es tan evidente que la tarea es encontrar un modo para evitarla. Discutirla es como discutir la circularidad del círculo.

Lo importante es que el resto de los dichos de Soledad se quedan cortos. Dice en su carta a los docentes de su ciudad: «En ese sentido, hay datos de la realidad que elijo no ocultar y trabajar para transformarlos: según la encuesta a ingresantes al sistema de formación docente en la Ciudad de mayo de este año, solo el 14% lo hace luego de terminar sus estudios secundarios, mientras que el 52% posee trayectorias educativas previas. Casi el 50% trabaja mientras estudia, y se tarda en promedio 7 años para recibirse. Datos similares surgen para el resto del país en el informe producido de las evaluaciones Enseñar, por el Ministerio de Educación de la Nación.»

Este estudio, el Enseñar, realizado en todo el país en 2017 arrojó datos muchos más graves que los que ella ha hecho públicos. Soledad no los tiene porque la prédica sindical logró que en CABA no se consiguiera una muestra significativa. Con una provincia, fueron las únicas dos jurisdicciones que no tuvieron resultados disponibles, porque los sindicatos vencieron al sentido común e impidieron el operativo. ¿Cómo fue eso? Muchos de los que hoy se ofenden por los dichos de Soledad y la atacan con una virulencia ridícula y poco creíble boicotearon el Enseñar 2017. Los porteños por eso no pueden saber cómo están realmente los institutos de formación docente y sus alumnos. Con datos y evidencias, no con el puro biri-biri del relato.

Los resultados del Enseñar son imprescindibles para mejorar y dejan a la luz que estamos en una situación gravísima, que se pretende esconder, como si rompiendo el termómetro bajara la temperatura de quien tiene fiebre.

Veamos algunos resultados de Mendoza, que en general estuvo mejor que la media nacional. La evaluación la rindieron el total de los alumnos de cuarto año de los profesorados, es decir que estaban a punto de recibirse para ser maestros de primaria o profesores de los distintos espacios curriculares de secundaria. Puedo decir con orgullo que la muestra mendocina fue muy buena para el estudio porque participaron el 100% de los institutos de formación docente y el 76% de los alumnos, a pesar de la fuerte campaña del sindicato SUTE en contra de que esta prueba tuviera éxito. El sentido común, por fortuna, venció a la militancia sindical-partidaria en la educación.

El universo de alumnos que participó tenía entre 29 y 32 años, cuando deberían haber tenido, si fueran egresados secundarios recientes, entre 21 y 22. Este dato que se da en todo el país confirma los dichos de Soledad sobre el perfil de los estudiantes de docencia. Los motes de «pobres» «viejos» y «fracasados», van por cuenta de sus detractores K, pues ella no usó esas palabras. Aludió a datos objetivos, duros, que muestran un perfil de estudiante para la tarea docente de nivel socioeconómico bajo, de edad alta en relación con la de los estudiantes que apuntan a una carrera como primera opción vital y que además no han tenido buenos resultados en sus anteriores experiencias, ni laborales ni educativas. Las palabras usadas por los detractores de Soledad hablan de ellos y sus perversiones, pero no nos ayudan a evaluar la situación y buscarle un modo de mejorarla.

Lo cierto es que vienen de pasar por diversas experiencias laborales y de estudio en las que no les ha ido bien y optan por la docencia como la tercera o cuarta posibilidad. ¿Por qué lo hacen? Esto es generalizado y otorga al egresado un especial perfil. El 60% de los participantes declaró haber terminado el secundario 7 años antes y un tercio llevaba ya más de 10 años fuera del secundario. Solo la mitad de los estudiantes estaba cursando la carrera docente como su primera carrera. A esto habría que agregar los muchos que después de los 25 años, amparándose en el artículo 7 de la Ley de Educación Superior, ingresan a las carreras docentes sin haber terminado el secundario. ¿Saben los padres argentinos que una porción importante de los ingresantes están en esta condición?

La mitad de los encuestados se declararon como no lectores y esa misma proporción dijo no asistir a espectáculos culturales. A esto, para terminar de configurar el capital cultural de muchos de los futuros encargados de enseñar a los alumnos y alumnas, hay que sumar que las madres del 63% de ellos no tienen el secundario completo, cifra que es del 57% en la media nacional. Este aspecto se pregunta ante la evidencia de que las madres ayudan a construir en el hogar buena parte del capital cultural de las personas. No se puede transmitir lo que no se tiene. El 57% de los respondientes trabajaban y el 35% recibían becas de estudio o subsidios estatales. Es indudable que la edad de los estudiantes está muy relacionado con esto, pues alumnos más jóvenes todavía podrían contar con el apoyo familiar para su estudio. Casi un 60% de los encuestados aseguraba estudiar profesorado «porque me garantiza un empleo relativamente estable», con una media nacional del 50%. El 35% sumaba «porque me da una salida laboral rápida», cifra que descendía al 28% en la media nacional. Aclaremos que podían optar por todas las opciones disponibles a la vez, con lo cual estos universos pueden superponerse.

Finalmente, entre muchas otras precisiones que las actuales autoridades podrían analizar con provecho para mejorar la educación argentina, el estudio hizo una evaluación de conocimientos. Los resultados fueron desalentadores. El 47,5% de los futuros docentes tenían una deficiente comprensión lectora, cifra que en la media nacional subía al 61%. Los resultados con respecto a la producción de textos también eran muy malos, alrededor del 50% era deficiente, cifra que trepaba al 60% en la media nacional. Es decir, una importante cantidad de casi egresados docentes, después de haber pasado por la primaria, la secundaria y cuatro años de un profesorado tenían problemas serios para entender lo que leían y para elaborar textos. ¿Qué desempeño se puede esperar de ellos? Y antes de recibir el ataque recordemos que son cifras que hablan de un universo grande, pero no de todos «los docentes» nuevos.

¿Son estas cifras un ataque a la docencia y a los docentes o una gravísima alarma para el país? Ellas son una foto de cómo nos va. Son el resultado de una evaluación hecha anónimamente, es decir que nadie podía pensar que lo estigmatizarían por no saber o por la información que diera. Muestran resultados preocupantes. Una pregunta final: ¿por qué en vez de encarnizarse con Soledad Acuña por transmitir datos no nos ponemos entre todos a diseñar políticas concretas para superar esta verdadera tragedia que ella nos alertó con valentía? Para eso hay que tener el coraje de mirarse en el espejo, no ofenderse, no engañar, no militar con politiquería y trabajar colaborativamente y de buena fe para superar los evidentes problemas que tenemos. Y además, por supuesto, habría que seguir haciendo evaluaciones como el Enseñar 2017 para que no todo sea relato y descalificaciones a quienes se animan a contarnos la verdad que algunos no quieren ver.

publicado en La Nación, 25/11/2020

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