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Sólo una fuerte presión internacional podrá salvar a Venezuela

Loris Zanatta

En Venezuela es como en IlGattopardo: todo cambia para que nada cambie. Sería genial, o para reírse, si no hubiera de por medio niños sin comida, enfermos sin medicinas, presos sin derechos, ciudadanos sin esperanza huyendo en masa al otro lado de la frontera.

Ahora la Asamblea Constituyente ha convocado con apuro a elecciones presidenciales para el próximo 22 de abril. Extraña Asamblea: en seis meses habló mucho y produjo poco. Ninguna norma constitucional. Cuál es su función, por otra parte, se sabe: eliminar a la Asamblea Legislativa dominada por la oposición. Misión cumplida.

Sin embargo, cada vez que el régimen venezolano convoca elecciones, el tourbillon habitual comienza de nuevo: ¿serán regulares? Así aparecen “mediadores” llenos de buenas intenciones y dudosa perspicacia; o desprovistos de ambas: ayer la Santa Sede, que luego de crear grandes expectativas ya no habla de Venezuela, como si la hubiera tragado la tierra. Ahora Zapatero, que quién sabe si es o se hace. Ciertamente él y los otros sedicentes bomberos no han aprendido nada de los fracasos del pasado. A menos que hayan entendido muy bien y jueguen el juego de Maduro; es probable.

En la época de Chávez, las elecciones se jugaban en una cancha inclinada: la oposición pateaba la pelota cuesta arriba y el Gobierno, cuesta abajo. Pero al menos había un partido. Desde que la Mesa de Unidad Democrática triunfó en las elecciones legislativas de 2015, ya no hay más partido. Desde entonces, no sólo la cancha es inclinada, sino que el árbitro lleva puesta la camiseta del equipo local y al oponente se le impide salir al campo de juego. Si lo hace, le hacen trampas; total, no tiene cómo defenderse. El Gobierno no celebra elecciones porque tiene la intención de respetar el resultado. Lo hace para aliviar la presión internacional, para ganar tiempo mientras da otros pasos para consolidar el poder absoluto. De hecho, cada vez que llama a elecciones, ocupa una posición más avanzada que la vez anterior. No es coincidencia que sea un régimen militar creado por un militar y asesorado por los militares cubanos: conquista el terreno y luego realiza la retirada táctica que le permitirá reiniciar el ataque mañana. Tanto ruido alrededor de las elecciones, pero siempre el mismo guion.

Finalmente, las elecciones sirven al régimen para dividir a la oposición, para insertar una cuña en su corazón. Sobre la oposición venezolana es fácil ironizar: falta de liderazgo, identidad, estrategia. Criticarla es un deporte popular, es como disparar contra la Cruz Roja. Se dice que es demasiado heterogénea. Es cierto, pero inevitable. Donde el régimen aspira a encarnar el todo y transforma la dialéctica política en lucha a muerte entre “nosotros” y “ellos”, es inevitable que la oposición esté formada por una coalición fragmentada, que en un sistema pluralista se extendería a lo largo de todo el eje ideológico. ¿Qué debería hacer la oposición? ¿Alguien tiene consejos eficaces? Cada vez que el régimen convoca elecciones, sabe que la oposición se dividirá: entre los que creen en ellas y los que no, los que todavía esperan y los que ya no tienen esperanza. La oposición es prisionera de una trampa mortal: si negocia, el régimen obtendrá el tiempo y la legitimidad que busca; si se rehúsa, el régimen se hará el inocente acusándola de intransigencia, ayudado por los “bomberos” interesados.

A esta altura, creer en las elecciones de Maduro implica una falta de conocimiento de la naturaleza de su régimen. Igual que los otros populismos latinoamericanos, odia la democracia representativa, el pluralismo político, la separación de poderes. Entonces ¿qué hacer? El régimen no abandonará nunca el poder porque sea derrotado en las elecciones. No repetirá, piensa, el “error” cometido por los sandinistas en 1990, que tanto hizo enfurecer a Fidel Castro, el tío de todos ellos. Maduro las ganará a mansalva porque prohíbe a la oposición participar, porque la mayoría de los venezolanos ya no cree en ellas, porque no pueden morder la mano que les da lo poco que tienen y que se lo puede quitar al instante, llámese comida o trabajo. Además, seguro que corregirá los resultados cometiendo fraude, ¿quién lo impide? El poder no está en disputa.

Todo lo que queda es presionar desde el exterior. Sólo una presión internacional fuerte y coordinada puede agudizar las grietas en el régimen; sólo el colapso interno puede tumbar regímenes similares. El problema es que ocurre con las presiones externas lo mismo que con las internas: están los convencidos y los que no, los que quieren cerrar las puertas y los que desean mantener abierto un resquicio. A menudo con la excusa de no empujar a Maduro entre los brazos de China y Rusia. Pero Maduro ya está allí, desea estar allí. Como los otros regímenes similares del pasado, encuentra natural buscar refugio entre los adversarios de Occidente, aunque nadie asegure que para sus aliados sea un buen negocio tenerlo de cliente. Llegados al punto a que se ha llegado, darlo por perdido y negarle vías de escape a través de “diálogos” improbables podría ayudar a recuperarlo. Es un deber de todos y entre todos, especialmente de los países democráticos de América Latina.

La novedad es que algo importante en este sentido está pasando. Por fin. El régimen venezolano no fue invitado a la cumbre hemisférica del próximo abril en Lima. Y México empezó una ofensiva diplomática en el Caribe para convencer a los pequeños países de la región de que Venezuela es un tigre de papel, que no será sometiéndose a su chantaje petrolero como solucionarán sus problemas. Mientras, antiguos aliados como Ecuador ya miran para otro lado y no sería sorprendente que se acercaran cada vez más a la Alianza del Pacífico.

Una solución latina a un problema latino es lo mejor que les puede pasar a la región y a su futuro, a su esperanza de basar su integración en el respeto de la pluralidad y la democracia, y no en la exportación de un modelo mesiánico, por otra parte desastroso. Parece poco, pero es mucho lo que está en juego: la comunidad latinoamericana tiene la oportunidad de afirmar su orgullo, dignidad y coherencia con los principios democráticos que tan a menudo le costó defender a lo largo de su historia; y de hacerlo por amor a sí misma, no por complacer a nadie, por obedecer al poderoso.

El régimen venezolano se hizo la víctima, el típico victimismo del verdugo. Siempre toca el mismo disco, una melodía anticuada, creada por sus fantasmas, ajena a la realidad: obsesionado con una visión conspirativa de la historia, ve en todas partes el imperialismo que tira de las cuerdas y las marionetas que se mueven; evoca los tiempos de la revolución cubana como si todavía existiera la Guerra Fría, como si la democracia en América Latina fuera la pluma delicada en el viento que era entonces. Como si hoy no supiéramos cuánto contribuyó el régimen cubano, pretendiendo exportar su modelo con violencia, a desencadenar el infierno del cual luego se lavó las manos. Desafiando el ridículo, con la sobriedad que lo caracteriza, Maduro sopló en el trombón: “Llueve, truene o relampaguee -dijo-, por aire, tierra o mar, llegaré a la Cumbre de las Américas con la verdad de la patria de Simón Bolívar”. ¡Qué abismo entre le tragedia de su país y la vacuidad del personaje! Sería para reírse, si no hubiera de por medio niños sin comida, enfermos sin medicinas, presos sin derechos, ciudadanos sin esperanza.

publicado en La Nación, 21/2/2018

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