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Superpoderes para el superhéroe de turno

Loris Zanatta

Superpoderes para superhéroes. ¿Puede haber superhéroes sin superpoderes? Evita, Maradona, el Che: los superhéroes siempre han sido muy populares en la Argentina. «Bienaventurados los pueblos que no necesitan héroes», decía Bertolt Brecht. Pero hay héroes y héroes. En mi país, Italia -que no es ningún modelo-, los héroes son hoy en día héroes «civiles»: jueces asesinados por la mafia, periodistas víctimas del terrorismo, sacerdotes que dedican su vida a los demás. Nosotros también tuvimos una época dominada por el culto a los Héroes, con mayúscula. Pero luego el fascismo cayó y desde entonces hay más pudor. El culto a la personalidad siempre genera saludables sarcasmos.

Bien mirado, sin embargo, más que un culto a los héroes, la que tanto se practica en la Argentina es una devoción a los santos. Esa sí la tenemos también en Italia. Especialmente en el sur. Será que, al igual que la América hispana, fue España durante siglos. «San Gennaro, haznos un milagro», dicen en Nápoles, donde los pesebres rebosan de estatuillas de los santos: los italianos y los argentinos.

Pensaba esas amenidades al seguir, los días pasados, el acalorado debate parlamentario sobre los «superpoderes» para el nuevo presidente, toda una metáfora de la historia argentina. La lógica y la razón sugieren que un país construye su prosperidad y sus instituciones paso a paso, ladrillo tras ladrillo, gobierno tras gobierno, cada uno con su aporte. En la Argentina se diría que no. En la Argentina siempre hay una «emergencia» que requiere poderes «excepcionales» con los que el superhéroe de turno hará «el milagro». Como San Gennaro. La amenaza del apocalipsis siempre abre la puerta al Redentor. Cada nuevo gobierno es como el comienzo de un nuevo reino o un nuevo pontificado: se vuelve a empezar. Ahora le toca a San Alberto.

Recuerdo un sinfín de «emergencias». Durante la hiperinflación de 1989, pasé días y días haciendo cola en las casas de cambio, zigzagueando entre las góndolas de los supermercados antes de que subieran los precios a los productos. En 2001, vi un país bombardeado, como al salir de una guerra. 2015 no era más alegre: recuerdo a los «arbolitos» empujarme a un cuarto trasero para cambiar moneda, como si fuera un ladrón. Grotesco. La Argentina era un país apagado, desvencijado. Hoy aún más. Obcecados por las «emergencias», me temo que muchos olviden lo que deberían recordar. Que la decadencia es un fenómeno acumulativo, es un plano inclinado en el que la caída es cada vez más rápida y más doloroso el choque. Si este es el caso, entonces no hay santo que resista: ningún superhéroe con superpoderes hará el «milagro» de detenerla.

Entonces, ¿cuál es «la» solución? Claro que no existe «la» solución. Pero para salir del pozo hay que empezar por formular el diagnóstico correcto. ¿Cuál es el «mal» argentino? ¿La principal causa de la decadencia? Para muchos, o casi todos, es la economía. ¿Seguros? La Argentina ha probado muchas recetas, pero siempre termina mal. Tan mal que desde afuera nos preguntamos por qué hay quienes todavía le prestan dinero.

Quizás, entonces, el mal económico sea la fiebre que señala un malestar más profundo. Y para curarla habrá que buscar las causas. ¿No será, por ejemplo, que ese «mal» es, precisamente, la desmedida confianza en los santos? ¿Que radique en la perpetua fe en que todo lo solucionará un regalo de Evita, un gol de Maradona, un disparo del Che? Bien: eso no detendrá la caída. Para lograrlo, es necesario construir «confianza» social, «instituciones» creíbles, «convivencia» entre diferentes. Sin eso, tendrán escombros y más escombros. Todo esto conduce a la famosa «grieta», al antiguo y profundo foso que divide a dos Argentinas. Es la «grieta» que inhibe la «confianza», socava las «instituciones», dificulta la «convivencia». Y que, por lo tanto, genera decadencia.

La grieta debe ser tomada en serio. Es un fenómeno que todos los países padecen tarde o temprano. Lograr que convivan bajo el mismo techo diferentes visiones del mundo es complicado en todas partes; no es una peculiaridad argentina. Por eso, la «grieta» no se supera con una foto risueña frente a una botella, fingiendo quererse, pretendiendo unidad donde hay diferencias. La única forma de contener sus efectos disruptivos es aceptar que el conflicto es legítimo y regularlo, y regular el conflicto significa potenciar y respetar a las instituciones políticas. Para eso existen. Esta es la fisiología de la democracia. ¿Los «superpoderes» van en esa dirección? ¿O más bien en la dirección contraria? La «solidaridad» no debería ser excusa para neutralizar el Parlamento y la oposición, para suplantar a las instituciones representativas. Hacerlo es arrojar sal sobre la herida, es alimentar la raíz del «mal» argentino.

El nuevo gobierno evoca de tal manera antiguos fantasmas que debería disipar para el bien de todos. No sirve que Alberto Fernández abrace a Mauricio Macri frente a la catedral de Luján si después pasa por encima del rol de su partido en el Parlamento. ¡Debería ser exactamente lo contrario! Que cada uno vaya a la iglesia por su cuenta, si es creyente, pero que todos respeten el papel de los demás en el Congreso. La «grieta» se cierra en las instituciones, no fuera de ellas.

Pero no. El «superhéroe» consiguió los «superpoderes» entre el clamor de los partidarios, los nuevos funcionarios ingresaron a los ministerios como ejércitos ocupantes, hasta hubo quien citó el lawfare en un decreto pisando así con un acto de bestialidad constitucional la división de poderes. Cualquiera que haya visto el juramento del intendente de Avellaneda no puede evitar evocar esos viejos fantasmas. Usados por adultos sin escrúpulos, esos niños que participaron en un juramento por Perón, Evita y la «lealtad» a Cristina son monaguillos de una liturgia religiosa, pioneros de una juventud comunista, balilla fascistas. Nos recuerdan que con demasiada frecuencia el peronismo pretende ser la religión de la patria, imponer a todos el culto de sus «santos». La «grieta», después de todo, es esto: no es difícil de entender. Si los buenos días comienzan por la mañana, empezamos mal.

publicado en La Nación, 27/12/19

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