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Un nuevo envoltorio para el antiguo cambalache

Eduardo Fidanza

La escandalosa mesa de Mirtha Legrand no fue ninguna novedad. La sorpresa consistió en que una famosa señora, con apariencia de madre y abuela correcta, la haya promovido o tolerado. Desde hace tiempo, los escándalos mediáticos tienen todos, más o menos, los mismos ingredientes: morbosidad, revelación de intimidades, violencia, mentiras, espionaje, corrupción, trasgresión de normas morales. Constituyen el menú clásico del sensacionalismo, cuando la noticia es transformada en mercancía apetecible y vil. Las redes sociales le adosan a ese formato un elemento que lo refuerza y potencia: la imposibilidad de verificar lo que se dice y se muestra. Y la fragilidad institucional de la Argentina lo convierte en una tragedia: alguien puede ser calumniado en letras de molde y rehabilitado en una nota a pie de página, sin mayores consecuencias legales para el difamador. Con esos componentes, el escándalo es un tema complejo, aquí y en otros países. Un fenómeno debido a muchos factores y que puede describirse distinguiendo lo histórico de lo actual, y lo mundial de lo doméstico.

El contrapunto entre actualidad e historia se expresa en la mirada disímil que sobre el acontecimiento tienen los miembros de distintas generaciones. Mientras que para muchos jóvenes, Natacha Jaitt es una protagonista más de la “joda” que alimenta los memes graciosos, para incontables adultos representa la violación de una idealizada moralidad que rigió sus vidas. Y los desilusiona que una señora de su época le haya permitido expresarse en los términos que lo hizo. Pero hay algo más: la moralidad mancillada que evocan los mayores no es sólo privada sino también pública. Es la que regía, según ellos, en un país organizado, con instituciones fuertes y una constitución política sabia y vigente. El pensador adecuado para ese argumento es Emile Durkheim, un representante clásico del positivismo moderno. Este sociólogo afirmó a principios del siglo pasado: “Kant postula a Dios, nosotros postulamos a la sociedad”. Es decir, la sociedad laica puede garantizar los mismos valores que la religiosa: la moral, el derecho, las obligaciones, el orden, el progreso. Lo hace a través del consenso, las costumbres, la ley. Si ese es el cielo, el infierno es la anomia. Allí no hay regulaciones ni límites, rige la apetencia personal que desordena a los individuos y a la sociedad.

La posmodernidad arrojó la utopía de Durkheim y los suyos al desván. Su caída deja ver la dimensión mundial del cambio acontecido. Las descripciones sociológicas de la nueva época coinciden en el declive del orden social y la esfera pública, reemplazados por lo privado y una competencia creciente e inhumana. Se trata de un mundo desregulado, cada vez más desigual, donde los flujos monetarios, los datos personales, la tecnología, el hedonismo, las redes de comunicación, el desguace de la naturaleza y el hiperconsumo se despliegan con pocas restricciones. Los Estados, aun los más organizados, corren detrás de los acontecimientos con lentos y debilitados instrumentos de control. Charles Wright Mills, lúcido sociólogo estadounidense, instaba a sus pares a ejercer la imaginación, vinculando lo público y lo privado, lo histórico y lo íntimo, para saber ubicarse en la época. Si se hiciera ese ejercicio, tal vez se constataría que los escándalos mediáticos, más allá de sus peculiaridades, son el síntoma de una época cultural frívola e inorgánica que carece de centro y suprime el futuro.

Regresemos ahora a la Argentina, para introducir una hipótesis dolorosa e irónica. Entre Durkheim y los sociólogos de la posmodernidad existió aquí una estación intermedia: Enrique Santos Discépolo. Si bien su versión del cambalache, escrita en los años treinta, es escéptica y universal -“el mundo fue y será una porquería ya lo sé”-, la ubicó en el siglo XX y fue inspirada por el país. La ausencia de ley y de meritocracia constituyó la denuncia de un artista que, según consignaron sus biógrafos, vivió desgarrado por una sociedad injusta, donde se eludía el derecho y se igualaba para abajo. Por eso, si Natacha Jaitt es una expresión de la decadencia argentina, habrá que reconocer que la debacle viene de lejos, impulsada por las infracciones a la legalidad que nuestras elites consumaron desde hace décadas.

Acaso Jaitt sea la versión retro del tango inmortal. La antigua letra en un nuevo envoltorio. “Vivimos revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo todos manoseaos” evoca a la tóxica “mesaza” y su repercusión cloacal en las redes. El ensayista inglés Mark Fisher, estudioso de la fatalidad del capitalismo, observó que asistimos a una lenta cancelación del futuro. “El momento presente -escribió- está marcado por su extraordinaria capacidad de acomodarse al pasado”. Todo pasa y todo vuelve.

La tragedia de Discépolo, diría Marx, volvió como farsa posmoderna. Fue el sábado pasado a la noche, bajo las luces de una comida mediática, cuando la vidriera irrespetuosa de los cambalaches atropelló el respeto y la razón.

publicado en La Nación, 7/4/2018

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