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Venezuela y Bolivia interpelan a la derecha y la izquierda argentinas

Marcos Novaro

El «golpe» en Bolivia se sumó a la represión en Chile y los desbordes de Jair Bolsonaro para darle combustible al argumento de la izquierda vernácula de que la derecha no le saca ventaja en el respeto de libertades democráticas y reglas constitucionales. «Nosotros cargamos con Venezuela y Nicaragua (por alguna razón no suelen agregar a Cuba a la lista), pero ustedes también tienen sus horrores y son peores», vendría a ser más o menos su razonamiento.

Para las derechas locales, en cambio, lo que sucede en Bolivia es globalmente para festejar: la mayoría de los ciudadanos terminó por rebelarse contra un populismo cada vez más radicalizado. Que si lo dejan iba a conducir ahí, como hizo en otros lados, al castrismo, y ya se están viendo los efectos regionales positivos de esa rebelión, con el nuevo ímpetu que cobran las protestas antichavistas en Venezuela.

El tema adquiere particular importancia en la Argentina porque está volviendo al poder algo que bien podemos llamar «peronismo de izquierda», que no se sabe si va a ser igual, peor o mejor que en el pasado. Se discute al mismo tiempo y acaloradamente el legado de la derecha saliente, en términos económicos muy o bastante malo, sin duda, pero en relación a la calidad democrática, que para lo que nos interesa es lo más relevante, mucho más difícil de evaluar.

Importa y mucho para nuestro futuro lo que sucede en Bolivia y Venezuela, e importa también algo que no está estrictamente atado a esos sucesos, pero ellos ponen de relieve: saber cuán democráticas son nuestras derecha e izquierda, y actuar en consecuencia. Tal vez sea mejor separar en vez de mezclar las dos cosas: de un lado tenemos el problema de determinar si en Bolivia hubo fraude, golpe, y si el problema principal es la represión salvaje y la virulencia derechista de los ahora gobernantes o el juego desleal con la democracia de Evo Morales y sus seguidores. Del otro, cómo esos despelotes iluminan el enredo en torno a quienes defienden, fortalecen, amenazan y debilitan nuestra propia democracia. Con lo que ya tenemos bastante y a lo que conviene prestarle toda la atención posible en estos días.

¿Qué es ser lealmente democrático? Pongámoslo en los términos más simples posibles: respetar reglas de juego imparciales para acceder al poder, renunciar al uso de la violencia y otros comportamientos destructivos cuando esas reglas nos conducen a la derrota. Es difícil generalizar. En cada país es distinto y dentro de cada país hay infinidad de matices dentro de las fuerzas políticas, y entre los individuos y situaciones que se consideren. Pero en términos generales hay tendencias, y tengo la impresión de que ellas indican una bastante clara ventaja para la derecha local.

¿Por qué? Ante todo porque la izquierda de nuestros días da por descontado que ella es el pueblo y el pueblo se expresa a través suyo. Mientras que la derecha asume más cómodamente la premisa democrática de que ella es apenas una fuerza política entre otras y que el pueblo es una masa de gente heterogénea que tiene que convencer y atraer, y nunca lo va a lograr del todo ni por mucho tiempo, así que está bastante más dispuesta a perder. Como en todo juego en el de la democracia se es un buen deportista, un jugador leal, cuando se aprende y se está dispuesto a perder, no cuando uno se acostumbra a ganar y se cree que no merece nada menos que eso.

En general cuando se hace esta comparación desde la izquierda se suele aplicar una lógica distinta, llamémosla «social». Que sin querer resulta muy reveladora del problema señalado. Se postula que «la izquierda expresa el interés de los pobres», que son más, y por eso tendría más incentivos para respetar las reglas electorales que la derecha, que son los ricos, que siempre son menos, y en elecciones «tenderían» por tanto a perder.

El argumento revela precisamente el problema en que se mete la izquierda por su tendencia al autobombo esencialista: si ser de izquierda es «estar más cerca», o directamente «ser el pueblo» (como ilustra el usuario de Morales en Twitter: «@evoespueblo»), se es también la democracia, y los derechos humanos y no sé cuántas otras beldades. Cuando en verdad aquí y en cualquier otra democracia pluralista del mundo la izquierda y la derecha no son más que fuerzas políticas, no son categorías sociales, son grupos de gente que tratan de captar a esos sectores sociales o mejor dicho a partes de ellos, y tienen éxito acotado y sobre todo cambiante en esa tarea.

Es en este juego en que la derecha aprendió bastante más que la izquierda, no sólo a captar mayorías que a veces a la izquierda le son remisas, si no sobre todo a perder apoyos y tener que reconquistarlos. Esta sería básicamente la conclusión que se puede sacar observando los comportamientos de los dirigentes y voceros de uno y otro sector en nuestro país, respecto a la competencia democrática.

Bien puede alegarse que esto no siempre fue así, que en el pasado la derecha fue más antidemocrática que la izquierda, y por eso apoyó golpes de Estado, represiones y hasta masacres. Puede que sea eso cierto y no tenga sentido ni mayor importancia alegar que también la izquierda alimentó años atrás a sus propios monstruos, y tiene unos cuantos muertos todavía escondidos en el placard. Eso no importa tanto. Lo esencial es que en algún momento del proceso democrático en curso las cosas parecen haber cambiado: la derecha aprendió a perder y dejar el poder, y mientras tanto la izquierda incluso desaprendió cosas importantes.

En particular esto es visible dentro del peronismo. Gobiernos peronistas de derecha, como podría decirse fueron los de Carlos Menem, respetaron mucho más la ley, los límites al ejercicio del poder y dejaron sus cargos de gobierno mucho más respetuosamente que los peronistas de izquierda que los siguieron, los kirchneristas. Lo mismo puede decirse de cómo cada sector ejerció los roles de oposición: en ambas posiciones aquellos fueron por lejos más leales.

También la diferencia se observa en las derechas e izquierdas en general. En estos días la derecha dura y semi o totalmente autoritaria que podría decirse representa Juan José Gómez Centurión arrastra en el mejor de los casos apenas un 5% del total de las voces y preferencias globalmente de derecha en el país. Puede que sea bastante efímera incluso esa pequeña porción, mientras que el kirchnerismo representa tal vez un 90% de la izquierda argentina, hace bastante tiempo y puede que por bastante tiempo más.

Hay todavía otros aspectos en que la diferencia se revela contundentemente. La derecha se acostumbró a justificar sus actos en función de derechos establecidos en nuestra constitución. Ellos son los enunciados que comparte con la izquierda y con los ciudadanos en general y que definen un territorio común dentro del que actúa, con límites claros a lo que se puede y no se puede. La izquierda en cambio vive legitimándose por referencia a una ética supuestamente superior, la de los derechos humanos, que no tiene sanción, ni contenido, ni límites definidos, y sirve por tanto para justificar cualquier cosa. En vez de definir un suelo común es más bien un arma arrojadiza contra el adversario, para colocarlo fuera del terreno del «derecho». Pretende actuar en base a una legitimidad mejor y en verdad lo que concretamente hace es negar la legitimidad compartida y revestir cualquier acto que le resulte conveniente con un manto de impunidad moral.

Estas diferencias explican mucho de lo que se expuso y contrapuso en los debates sobre lo sucedido en Bolivia. Y a su vez en estos debates se confirma, en mi opinión, la ventaja relativa de la derecha local.

Ya que tendió a privilegiar que un gobierno que ya desde hace tiempo venía violando sistemáticamente la constitución, el derecho compartido y válido para todos, cometió como último acto de arbitrariedad un alevoso fraude electoral. Cuando desde la izquierda se señala que la reacción de «la derecha boliviana» fue un golpe, se esmera en discutirlo. Cuestionando que la renuncia haya sido causada por una sublevación militar, si la «sugerencia» castrense en ese sentido fue legal o no, según lo que manda la ley orgánica de las Fuerzas Armadas, preguntándose si el autoacuartelamiento fue conspirativo u obligado, dadas las condiciones generadas por la revelación del fraude, si fue o no la causa de la renuncia, y cosas por el estilo.

En cambio para la izquierda resulta innecesario o intolerable siquiera considerar la cuestión del fraude. La violación reiterada de las reglas constitucionales por parte de Morales es un tema en muy pocos casos considerado, y cuando lo es, aparece solo como problema secundario, porque lo único importante es que EVOESPUEBLO. Es más pueblo que nadie, incluso que los propios Kirchner, porque es un indígena y los bolivianos son mayoritariamente indígenas -de nuevo la cuestión esencialista- y porque hizo crecer la economía boliviana y distribuyó mejor que sus pares locales, y como hizo «justicia sustantiva» no deberían importar pequeños deslice en un «terreno formal» como el de las reglas. En suma, no va a merecer perder, ni ahora ni nunca.

Vaya a saber cómo termina la crisis boliviana, los costos en vidas humanas y deterioro económico e institucional pueden ser mucho mayores a los que hasta aquí ya se han pagado. Para nuestra propia polarización y siempre difícil convivencia también los costos pueden ir creciendo. Por más que en mi opinión la derecha tenga alguna ventaja sobre la izquierda en cuanto a reflejos democráticos no está dicho que su contribución vaya a ser en esta oportunidad concreta mejor que la de esta, ni mucho menos suficiente para evitar los males que enfrentemos.

Para ambas, derecha e izquierda, la obligación de compartir reglas, y también palabras, con quienes no piensan igual y persiguen otros objetivos e intereses será la principal constricción para no meter demasiado profundamente la pata. No conviene confiar demasiado en la autolimitación propia ni ajena ni hace falta que lo hagamos si tenemos más instituciones y reglas, más jueces, medios y demás descriptores independientes de los hechos que bolivianos y venezolanos. Fue eso lo que nos salvó en el pasado y puede volver a salvarnos si hace falta.

publicado en www.tn.com.ar, 18/11/2019

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