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Vigentes y necesarios

Tomás Linn

Un grupo de diputados europeos expresó su molestia porque en el discurso inaugural del encuentro de parlamentarios europeos y latinoamericanos (Eurolat) celebrado la semana pasada en Buenos Aires, la vicepresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner habló como si estuviera en un acto proselitista, sólo para sus partidarios que habían copado la sala.

Tenían razón los diputados europeos y llamó la atención que los latinoamericanos no hubieran presentado similar reparo. El encuentro reunía 150 diputados de diversos países y ese discurso dicho en el tono de “adolescente piola” que caracteriza a Cristina Fernández, fue ajeno a los motivos del encuentro. Aludió a una realidad que buena parte de los presentes desconocía y en todo caso no les correspondía ni avalar ni cuestionar.

La protesta de ese grupo de diputados se atuvo a lo formal y no al contenido. No se reparó en un contenido que debió preocupar a cualquier diputado que defiende las instituciones democráticas como garantía de los derechos y libertades de la gente.

Cristina Fernández puso en duda la esencia misma de la democracia, fundada en conceptos profundos que vienen desde el siglo XVIII. “¿Qué tipo de ingeniería, de arquitectura institucional necesitamos como Estado para hacer frente a un mundo que no tiene absolutamente nada que ver con aquel en donde se construyeron los Estados que hoy gobiernan el mundo?”, se preguntó. Su cuestionamiento iba dirigido a que “todos nuestros estados están construidos sobre la famosa división tripartita de Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial que viene de la Revolución francesa de 1789”. Para Cristina Fernández tales instituciones parecen ya envejecidas. Prescinde del valor y vigencia que ellas mantienen con conceptos que perduran en el tiempo y persisten más allá de los cambios que sacudieron al mundo en lo tecnológico y científico. Sigue siendo fundamental el principio de que debe haber equilibrios y controles, por ser esa la base que impide que los gobiernos se vuelvan dictaduras, aún cuando surjan de las urnas.

Por eso fue curiosa su reflexión sobre el poder presidencial: “que te pongan una banda y te den el bastón” no quiere decir que se tenga todo el poder. “Créanme”, aseguró, “lo digo por experiencia”.

No se necesita conocer la experiencia de Cristina como presidente para corroborar que efectivamente es así. Las constituciones democráticas diseñan una forma de gobierno en la que nadie tiene la suma del poder y unos vigilan y controlan a los otros. No es un capricho, está en la esencia misma de una democracia moderna porque de ese modo, insisto, se garantizan derechos y libertades individuales, “inalienables y evidentes en sí mismos”.

La vicepresidente argentina se quejó de la “insatisfacción en las democracias, donde la gente se termina enojando con la política”. No explica, sin embargo, que ello se debe a que hay en muchos países gobiernos populistas, de izquierda y derecha, venales y demagógicos que predican por mayor igualdad tomando medidas que aumentan la pobreza. Gobiernos que atropellan contra los otros dos poderes para que su autoridad no sea cuestionada. Cristina algo de ésto sabe. Intentó ir en ese camino cuando fue presidenta.                                                                                                            

Su razonamiento lleva a una conclusión esperable en ella. La de cuestionar lo que llama el “partido judicial” al que considera un “instrumento contra los gobiernos nacionales y populares”. Es parte de su combate personal contra el Poder Judicial ya que hay muchas causas contra ella en los tribunales por corrupción.

Alarma que Cristina quiera entrometerse con un poder que debería ser independiente. Por eso llama la atención que los diputados europeos se quejaran de lo formal, pero no hayan reparado en la preocupante advertencia que se desprende de su discurso.

La democracia está en crisis en muchas partes del mundo. Así como Cristina arremete contra la Suprema Corte de su país para salvarse de los casos que la comprometen, Donald Trump arremetió contra el Congreso norteamericano porque éste no quería reconocer un triunfo electoral que él se autoadjudicaba caprichosamente. Ambos atacan la esencia de un Estado de Derecho.                                                                                                       

El discurso de Cristina no fue lo único que empañó lo que debió ser una fiesta de la democracia (eso debería ocurrir cuando se reúnen 150 parlamentarios de dos continentes). Al votarse una moción de condena a la agresión, invasión e intento de conquista ruso a Ucrania, los votos no alcanzaron. Entre otros, faltaron los de los diputados frenteamplistas. Antaño justificaron los horrores de la Rusia soviética, ahora lo hacen con la Rusia ultranacionalista y de extrema derecha del zar Vladimir Putin.

Vaya si aquellos principios que hicieron a la democracia moderna hace tres siglos, y que ahora Cristina cuestiona, no deben ser retomados y revalorizados.

publicado en El País, 24/4/2022

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