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¿Vuelve el peronismo territorial?

Carlos Gervasoni

La llegada del ex gobernador Juan Manzur a la jefatura de gabinete nacional (y la del ex intendente Martín Insaurralde a la bonaerense) fue leída por muchos como un regreso del “peronismo territorial”. O como la postergada concreción de una promesa de campaña de Alberto Fernández: la de un país más federal liderado por un presidente y 24 gobernadores.

Debajo del reemplazo del sanisidrense Santiago Cafiero por un tucumano, sin embargo, el gabinete luce tan porteño y bonaerense como el que Fernández nombró en diciembre de 2019.

Con la excepción de su nuevo jefe, ningún miembro del gabinete es un ex gobernador o responde a un gobernador. El ex ministro Luis Basterra es hombre del formoseño Gildo Insfrán, pero fue reemplazado luego de las PASO por el bonaerense Julián Domínguez. Anteriormente los santafesinos María Eugenia Bielsa y Agustín Rossi habían sido sucedidos por Jorge Ferraresi y Jorge Taiana, ambos provenientes del AMBA.

De los actuales ministros solo Martín Soria es del interior, pero de una provincia no gobernada por el peronismo, Río Negro. El resto de los integrantes del gabinete provienen de la CABA (como el presidente), del conurbano bonaerense y, en menor medida, del interior de la provincia de Buenos Aires.

Este perfil “centralista” aplica tanto a los designados en diciembre de 2019 (Cabandié, González García, Katopodis, Lammens, Losardo, Meoni y Solá, entre otros) como a los incorporados más recientemente (Domínguez, Aníbal Fernández, Ferraresi, Filmus, Guerrera, Perczyk, Taiana, Vizzotti y Zabaleta). Completan el cuadro un ministro de Economía platense, uno de Desarrollo Productivo porteño, y un equipo de secretarios de la presidencia también porteño.

Si algo sorprende en el actual gabinete es, justamente, la ausencia del peronismo del interior. Su territorialidad se limita a Manzur y a algunos ex intendentes bonaerenses.

Sorprende también el perfil del nuevo jefe de gabinete: un empresario cristiano, contrario al aborto, y que en 2017 declaraba concluido el ciclo de CFK.

Más aún, su designación coincidió con la acentuación del ya muy alto índice de masculinidad del gabinete: con el reemplazo de Sabina Frederic por Fernández solo dos de los 21 ministerios están liderados por mujeres (eran cuatro en diciembre de 2019).

Sugiero que la llegada de Manzur no resultó de una estrategia calculada para sostener al gobierno sobre el peronismo territorial, sino de la coyuntural conveniencia de incorporar a un ministro coordinador con amplia experiencia política, aceptable para las partes del conflicto post-PASO, y perteneciente al reducido grupo de peronistas victoriosos en esas elecciones.

Más aún, pareciera que el traumático cambio de gabinete tuvo poco de planificado y estratégico. Sería más bien resultado de una caótica negociación marcada por la impulsividad, la urgencia y el cortoplacismo, y habría gravitando hacia dirigentes con intensas ansias de ascenso político y, en consecuencia, dispuestos a asumir los riesgos de sumarse a un gobierno sin rumbo ya antes de las PASO, grogui luego de ellas, y en peligro de knock out electoral.

Esto podría explicar la extraña opción por figuras difíciles de digerir para el kirchnerismo (Manzur) o fuertemente rechazadas por la opinión pública (Fernández).

Así, Manzur habría aceptado el cargo a título personal más que como representante del “peronismo de los gobernadores”.

Dadas las sombrías perspectivas electorales, políticas y económicas, la estrategia de esos gobernadores parece ser la de la “provincialización” que minimice el arrastre de un gobierno nacional crecientemente impopular. Y a la espera de un momento propicio para un relanzamiento hacia la escena nacional.

El interior aporta la mayor parte de los votos y los legisladores peronistas, pero desde el ascenso del kirchnerismo ha estado mayormente excluido del gobierno nacional.

El perfil de Manzur no es atípico en el peronismo del interior. Como bien documentaron, entre otros, los historiadores Darío Macor y César Tcach, en sus inicios Perón extendió su partido hacia las provincias aliándose frecuentemente con elites locales tradicionales. Esto le dio al peronismo “periférico” una impronta conservadora que hoy perdura.

En un reciente estudio pedí a 133 expertos en política provincial que ubiquen al gobernador de su provincia (del período 2015-2019) en una escala de 0 (=extrema izquierda) a 10 (=extrema derecha): 13 de 14 gobernadores peronistas aparecieron a la derecha del centro (con Insfrán y Schiaretti alcanzando un promedio de 7,25).

El peronismo nació como una compleja combinación de militares nacionalistas y anticomunistas, sindicatos, grupos católicos y elites del interior.

Esta diversidad alcanzó su paroxismo en los 70, cuando en el peronismo confluyeron, insólitamente, una izquierda revolucionaria armada y una organización paramilitar de extrema derecha, además del poderoso sindicalismo y las duraderas elites provinciales de líderes como Carlos Juárez, Carlos Menem y Vicente Saadi.

El PJ enfrenta hoy un desafío similar, tironeado por un kirchnerismo de discurso progresista y práctica populista, un movimiento sindical heterogéneo y disperso, y un conjunto de gobernadores e intendentes poderosos pero ideológicamente amorfos y políticamente descoordinados.

Un relanzamiento del hoy exhausto gobierno nacional sobre la base del peronismo territorial es posible. No garantiza éxito (nada lo hace dadas las agudas inconsistencias macroeconómicas y políticas), pero sí garantiza la profundización de las tensiones dentro del Frente de Todos. Cuesta imaginar un futuro viable para esta peculiar coalición luego del 14 de noviembre.

publicado en Clarín, 18/10/2021

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