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¿Y si nos ocupamos de lo urgente?

Luis Rappoport

No es para envidiar a los funcionarios en este momento: la pandemia está llena de urgencias e incertezas, suficientes para no ponerse de acuerdo.

Previo al espectáculo del conflicto por apenas dos semanas de presencialidad escolar, estaba el desacuerdo entre el ministro de Educación –más todos los ministros de las provincias- y el Presidente. Y la misteriosa dificultad para nutrirse de alguna que otra evidencia para tomar las medidas urgentes.

Como no podría ser de otra forma, las urgencias sanitarias se politizaron para alimentar la campaña electoral –otra urgencia incierta- y esta campaña electoral, a su vez, nutre las siguientes incertezas, todavía más urgentes: el futuro del Poder Judicial y de las causas de la vicepresidente.

Entre tantas incertezas, hay una certeza irrebatible: la pandemia va a pasar.

Y entre tantas urgencias hay una impostergable: acordar el futuro. Como dice Peter Drucker: “La planificación a largo plazo no se ocupa de las decisiones futuras sino del futuro de las decisiones actuales”.

Dicho en criollo: por este camino, en un futuro no tan remoto, nos vamos a encontrar con más del 50% de pobreza total y más del 65% de pobreza infantojuvenil. Y ambas creciendo. Las decisiones actuales ya determinan esa deriva.

La política puede seguir centrada en politizar la pandemia, pelear por la campaña electoral, la reforma judicial y las causas de la vicepresidente. Pero sería mejor bajarle el tono, ponerle un paraguas y atender lo urgente.

La Argentina tiene dos prioridades y nada más que dos prioridades: el desarrollo económico y la educación. Desde luego son importantes los jubilados, las cloacas, la vivienda, la mejora del sistema de salud, y tantas otras cosas. Pero antes que nada las prioridades son esas dos: llevamos demasiado tiempo de estancamiento de la economía y de la educación.

Estas dos prioridades son condición para todo lo demás. Esas son las urgencias, aunque lleve tiempo resolverlas.

No es necesario que se politice la pandemia ni que se confronte sobre las dos semanas de desacuerdo. Tampoco es tan importante acordar elecciones, poder judicial y las causas de la vicepresidente. En esas cosas puede y debe seguir el conflicto.

Pero si es necesario que se acuerde el presupuesto público del 2030, y todos los presupuestos intermedios hasta llegar a esa meta. Los presupuestos deben expresar las dos prioridades: desarrollo y educación. Como parte de eso, el compromiso de llegar –lo antes posible- al equilibrio fiscal y a un fondo anti cíclico, para que nuevos shocks no nos agarren con el pie izquierdo como esta pandemia.

Con unos años de cumplir con los compromisos, la Argentina puede pasar a ser sujeto de crédito, sobre todo si se persevera después de un cambio presidencial, y si se va necesitando cada vez menos crédito y emisión.

Pero, seamos francos, aunque se alcancen acuerdos presupuestarios de largo plazo, no hay consensos en la Argentina sobre cómo volver a tener el mejor sistema educativo de América Latina. Tampoco hay consensos sobre las políticas públicas para llegar a altas tasas de crecimiento económico y empleo, con drástica reducción de la pobreza.

Esos consensos no existen porque, en buena medida, falta estudio, investigación, evidencias y, sobre todo, oídos. La política está ocupada en su propia lógica y no escucha. Está escindida de la inteligencia, no tiene los incentivos necesarios para preocuparse por la educación y el desarrollo.

Y, a falta de demanda, la inteligencia es morosa en la búsqueda de soluciones técnicas e institucionales a ambos problemas. Tenemos expertos pero la pregunta sobre la “gestión” del desarrollo, y la “gestión” de la calidad y la equidad educativa es débil. Si la política llegase a acordar, se podría aprender rápido: estudiar, gestionar, probar, equivocarse, acertar y avanzar.

Para eso, la cooperación internacional es clave: hablar con expertos de otros países, visitar experiencias, volver a estudiar, a gestionar, a probar, a equivocarse y a acertar y, sobre todo, aprender a evaluar impactos. Europa, China, los países de la OCDE, el BID, el Banco Mundial estarían gustosos en cooperar. Pero la decisión es de nuestra clase política.

Se debería alcanzar otro acuerdo clave: la gestión de la educación y del desarrollo, no puede ser un botín electoral o ideológico. Como decía Deng Xiaoping: “no importa el color del gato, lo importante es que cace ratones”. El éxito depende de cambios institucionales que alineen a la política con las prioridades nacionales. De la calidad y la transparencia en la selección y el control de los mejores profesionales para gestionar la dos prioridades en los tres niveles de gobierno. Y respetar a esos profesionales: dejarlos trabajar y no cambiarlos en la medida que se vean los avances.

publicado en Clarín, 25/4/2021

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